07/01/2026 05:09
07/01/2026 05:02
07/01/2026 04:58
07/01/2026 04:55
07/01/2026 04:55
07/01/2026 04:55
07/01/2026 04:48
07/01/2026 04:45
07/01/2026 04:45
07/01/2026 04:45
» TN
Fecha: 05/01/2026 11:45
Entre los debates actuales vinculados a los medios masivos de comunicación especialmente aquellos amplificados por redes sociales, streamings y transmisiones en vivo se repite una escena cada vez más familiar. Alguien dice algo, ríe, hace reír; el comentario circula, genera malestar, se vuelve público y, finalmente, llega el pedido de disculpas. Sin embargo, en ese recorrido se instala una confusión persistente que rara vez se interroga: se habla de aceptación cuando el problema es, en realidad, la ausencia de un límite ético. Aceptar no es respetar y respetar no implica aceptar. El respeto no es un sentimiento ni una disposición empática hacia el otro. No depende de lo que uno crea, piense o sienta. El respeto introduce un límite: hay algo del otro que no puede ser usado como objeto de burla, de humor ni de goce. Por eso el respeto no es privado. Es una condición pública del lazo social. Humor, espontaneidad y el sufrimiento del otro Las redes sociales y los streamings se han convertido en escenarios privilegiados de esta confusión. En nombre de la espontaneidad, de la cercanía con la audiencia o del decir sin filtro, aparecen frases abruptas, chistes y comentarios fallidos sobre cuerpos, identidades, orientaciones sexuales o modos de vida. Muchas veces no se trata de un discurso sostenido, sino de una ocurrencia lanzada al pasar: un chiste rápido, un desliz que busca mantener la atención y asegurar la risa. Cuando ese decir genera rechazo, la respuesta suele ser inmediata y previsible: Era un chiste, se sacó de contexto, no se entendió la intención. Y si la circulación escala, aparece la disculpa. Pero conviene detenerse un momento y preguntarse qué tipo de disculpa es esa. En la mayoría de los casos, no se trata de una reflexión sobre la estructura del chiste ni sobre la posición subjetiva que allí se sostuvo frente al otro. No se interroga el goce implicado en ese decir. La disculpa aparece cuando la frase trasciende el espacio privado y se vuelve pública, cuando compromete reputaciones, contratos o audiencias. Se pide perdón por la visibilidad, no por la herida. El problema no es lo dicho, sino que eso se haya sabido. Así, la disculpa funciona como una coartada de aceptación. El foco ya no está puesto en el acto ni en sus efectos, sino en la biografía de quien habla. Se dice entonces: no quise ofender, tengo un montón de amigos así, jamás podría decir algo así porque también me pasó a mí. La legitimidad del enunciado se busca no en una revisión del decir, sino en el lugar desde donde se lo pronuncia, como si la pertenencia, la experiencia personal o la cercanía afectiva garantizaran por sí mismas una posición ética. Leé también: Perdonar no es fácil, pero es necesario para la salud física y emocional Desde el psicoanálisis, esta lógica no es nueva. Freud advertía que toda vida en común exige una renuncia pulsional: la cultura no se sostiene en la armonía ni en la aceptación mutua, sino en la imposición de límites al goce. Lacan profundiza esta idea al señalar que la ética no se orienta por la intención ni por ideales del bien, sino por la responsabilidad del sujeto frente a su decir y por los efectos que ese decir produce en el lazo social. No alcanza con no haber querido decir eso. La ética comienza cuando se responde por lo dicho, más allá de la intención. El problema no es que un chiste se vuelva público. El problema es que, ya en su estructura, reducía al otro a objeto de risa o de consumo simbólico. La apelación a lo privado (era entre amigos, no iba a salir a la luz) no vuelve inocente al decir. A lo sumo, lo vuelve impune. La exposición no crea la violencia: la revela. Un silencio a coro Hay, sin embargo, una diferencia que vale la pena subrayar. Cuando un chiste no pasa sin resto dentro del propio grupo; cuando genera incomodidad, objeción o discusión; cuando alguien dice esto no, ahí aparece un límite. En cambio, cuando todos ríen, cuando nadie objeta, cuando el silencio funciona como cobertura, lo que circula no es intimidad sino complicidad. En este punto, la ética no solo interpela a quien habla, sino también a quien escucha. Jean-Paul Sartre lo formuló con claridad: no solo es responsable quien produce activamente el daño, sino también quien no hace nada para impedirlo cuando podría hacerlo. La omisión no es neutral. Reírse, mirar para otro lado, no meterse, también es una posición. La psicoanalista argentina Silvia Bleichmar retoma esta cuestión al pensar la ética frente al sufrimiento del otro. Para ella, la ética no se reduce a la legalidad ni al cumplimiento de normas, sino que comienza cuando el sufrimiento ajeno me concierne, aun cuando no haya sido causado por mí. Ver sufrir y no hacer nada no es una posición neutra: es una forma de implicación subjetiva. La indiferencia, en ese sentido, también es una modalidad de violencia. Mucho decir, poco límite Frente a estas escenas, suele aparecer una consigna que parece progresista pero resulta engañosa: Cada uno debe aceptarse como es, no importa lo que digan los demás. Bajo una apariencia emancipadora, esta lógica desplaza la responsabilidad ética hacia la interioridad del sujeto. Si algo duele, el problema sería entonces que uno no se aceptó lo suficiente. Pero el deseo no se produce en el vacío. Está atravesado por la historia, por los discursos sociales, por la relación con el propio cuerpo y por la mirada del otro. Reducir todo a la autoaceptación no libera: desresponsabiliza al semejante. El daño deja de ser un problema del lazo social y pasa a ser un asunto privado que cada quien debe aprender a tolerar. Aceptar o no aceptar al otro remite al campo de la subjetividad, entramada en el deseo. El respeto, en cambio, no exige transformación subjetiva ni coincidencia ideológica. Exige un límite. No pide amar, ni comprender, ni estar de acuerdo. Pide no ejercer el propio goce a costa del otro. Vivimos una época que ordena gozar y, al mismo tiempo, exige pedir disculpas cuando ese goce se vuelve visible. En lo público, se reclama aceptación. La pregunta, entonces, no es si podemos aceptar a todos. No podemos. La cuestión es si estamos dispuestos a introducir un límite incluso cuando nadie mira. Aceptar puede ser difícil, incluso imposible. Respetar, en cambio, es ineludible. Y ese respeto no se sostiene por corrección discursiva ni por miedo a la cancelación. Se sostiene en un acto ético mínimo y decisivo: advertir que hay un otro cuya historia, cuerpo y deseo no pueden ser reducidos a objeto. Incluso y sobre todo cuando la cámara y el micrófono siguen abiertos y la risa parece garantizada. (*) El Prof. Lic. Jorge Prado (M.N. 55.592) es psicólogo, especialista en clínica con niños y adolescentes. Docente de Salud Pública y Salud Mental II en la Facultad de Psicología (UBA). Integrante en equipo técnico de dispositivo escolar territorial. Nivel secundario.
Ver noticia original