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Gualeguaychu » El Dia
Fecha: 05/01/2026 04:04
Un relevamiento de más de 11 millones de empleados entre 20 y 64 años, confirmó que los que no realizan aportes previsionales exhiben tasas de mortalidad un 62% más altas. También modifica la expectativa de vida En la Argentina, trabajar puede ser sinónimo de subsistir, ascender, cansarse o sobrevivir. Pero, a partir de un nuevo estudio de la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), sabemos algo más: trabajar dentro o fuera del sistema puede influir directamente en cuánto vive una persona. Lo cierto es que la condición laboral -estar registrado o no- aparece como un factor protector o de riesgo para la mortalidad en edades productivas. El informe Diferenciales de mortalidad en los aportantes previsionales (publicado a fines del 2025), basado en 11,3 millones de aportantes entre 20 y 64 años observados entre julio de 2022 y junio de 2023, compara la mortalidad de quienes realizan aportes previsionales con la de quienes no los realizan. El contraste es enorme: los aportantes tienen una Tasa Estandarizada de Mortalidad (TEM) de 1,7 por mil -es decir, 1,7 de cada 1000 personas-, mientras que los no aportantes llegan a 4,5 por mil, un salto que ubica a los trabajadores sin registrar en un escenario de riesgo sanitario similar al de poblaciones vulneradas. En otras palabras: las personas que trabajan en negro o que directamente no acceden al empleo formal tienen más del doble de probabilidades de morir que quienes sí están incorporados al sistema. La conclusión central parte de un método clásico: la estandarización por edad y sexo. Esto permite comparar poblaciones con estructuras diferentes. Y, una vez eliminadas esas distorsiones, lo que queda es contundente: la mortalidad de los aportantes es 47% menor que la de la población total y es 62% menor que la de los no aportantes. La diferencia no solo se refleja en tasas abstractas: también impacta en la expectativa de vida entre los 20 y los 65 años. Las mujeres aportantes viven, en promedio, 13 meses más que las mujeres no aportantes. En los varones, la brecha se agranda: 28 meses de diferencia. Ese dato se combina con otro patrón conocido pero igualmente significativo: los varones mueren más que las mujeres, en todas las categorías laborales y a cualquier edad. Sin embargo, entre los no aportantes, esas desigualdades se profundizan. Una de las sorpresas del informe aparece cuando Anses desagrega el universo de aportantes: los trabajadores en relación de dependencia registran una TEM 22% mayor que la de los independientes (autónomos, monotributistas y trabajadoras de casas particulares). A primera vista, el dato parece paradójico: los asalariados suelen tener mayores ingresos y más estabilidad que los independientes. Pero el estudio advierte una cuestión metodológica clave: los ingresos de los independientes están subestimados, porque no surgen de su facturación real sino de rentas presuntas o valores fijos según categoría impositiva. Y eso distorsiona los modelos estadísticos que asocian ingresos con mortalidad. La mortalidad de los trabajadores aportantes es 62 por ciento menor que la de los no aportantes Además, hay un factor operativo: un asalariado que enferma conserva su condición de aportante gracias a las licencias, mientras que un independiente que no puede trabajar y deja de pagar pierde su calidad de aportante al mes siguiente. Esa discontinuidad expulsa a los más enfermos de la base de datos, generando una mortalidad más baja entre quienes permanecen registrados. Aun así, el estudio revela diferencias internas relevantes: la mayor mortalidad estandarizada aparece en los empleados de Cajas Provinciales No Transferidas (PNT) mientras que la menor se observa entre los autónomos. Para profundizar el análisis, ANSES aplicó modelos de regresión logística. Allí aparece otro resultado llamativo: duplicar el ingreso reduce la probabilidad de morir apenas un 6% entre los aportantes. El efecto es mucho más fuerte -17%- cuando el análisis se concentra solo en empleados en relación de dependencia. ¿Por qué? Nuevamente, porque los datos salariales de los independientes no reflejan su ingreso real. En otras palabras, el vínculo entre ingresos y mortalidad existe pero se diluye cuando se incorporan categorías impositivas que no expresan capacidad económica. Más allá del análisis estadístico, el informe inscribe sus conclusiones en una tendencia global ampliamente documentada: el empleo formal se asocia con mejores condiciones de vida, mayor acceso a la salud y un entorno socioeconómico más estable. No se trata únicamente de que un trabajador registrado tenga obra social o ART. La formalidad suele correlacionar con mayor acceso a controles médicos, rutinas más estables, menor exposición a riesgos extremos, mejores ingresos, y, en general, un menor grado de exclusión. En cambio, la informalidad o la ausencia total de aportes coincide con trabajos más riesgosos, jornadas extensas, falta de cobertura, discontinuidad de ingresos y una precariedad estructural que, como confirma el estudio, termina erosionando la salud y reduciendo la expectativa de vida. Para ANSES, los hallazgos tienen una implicancia doble. En el plano laboral, subrayan por qué formalizar el empleo no es solo una cuestión económica o fiscal. Es también una cuestión sanitaria. Trabajar dentro de la ley puede ser un factor protector tan importante como mantener una dieta equilibrada o acceder a un hospital. En el plano previsional, los datos permiten proyectar mejor la sostenibilidad del sistema, al saber qué grupos presentan mayor o menor mortalidad. Pero el informe también deja una advertencia metodológica: la medición de ingresos de los independientes requiere actualización. Mientras la subestimación persista, los análisis sobre desigualdad y mortalidad tendrán limitaciones. Asimismo, el estudio de ANSES confirma algo que suele mencionarse pero pocas veces medirse con precisión: la formalidad no es solo un derecho laboral, es un determinante de la salud. En un país donde la informalidad trepa al 45% entre los más jóvenes, y donde muchos sectores viven con ingresos fluctuantes y sin redes de protección, la evidencia es clara: no es lo mismo trabajar registrado que no estarlo. La diferencia puede medirse en tasas, en porcentajes o en modelos estadísticos. Pero, al final, se mide en algo más simple y decisivo: años de vida. ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES HA ALCANZADO EL LIMITE DE NOTAS GRATUITAS por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales ¿Ya tiene suscripción? 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