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» Clarin
Fecha: 04/01/2026 21:33
En los contratos con los poderes públicos, la propina es una institución: tiene un nombre solemne de resonancia griega. Se llama coima. Todos coimean: desde quien desempeña cargos superiores hasta el último inspector. Es una práctica tan normal que si alguien decidiera obtener algo sin recurrir a esa gran señora de las transacciones oficiales correría el riesgo de ser tachado de loco. Hay coimas y coimas (...) las coimas grandes, las que merecen ampliamente su nombre y que hacen que se hable de ellas con admiración y envidia son las que se vinculan con los contratos del Estado, que los hay por armas, ferrocarriles, puertos, construcción de edificios, algunos de ellos monumentales, con ladrillos importados de Inglaterra, mármoles de Italia y luminarias de Francia. ¿De qué hablaba el diario La Stampa, de Turín, en su edición del 27 de agosto de 1910? De la Argentina. En aquellos tiempos del Centenario, la corrupción ya era un tema a destacar sobre estas tierras. En rigor, ya había antecedentes. En una carta dirigida a su editor, fechada el 29 de julio de 1890, el corresponsal del diario inglés The Times en Buenos Aires se refería a la Revolución del Parque, levantamiento cívico-militar llevado a cabo tres días antes, liderado por la Unión Cívica, y decía que nadie que conociera el país podría dudar de que era una protesta honesta contra la mala administración y corrupción salvajemente desplegada durante el gobierno de Miguel Juárez Celman. Apenas un pantallazo, unos meses antes, el 8 de mayo, el medio denunciaba que peculados y colusión a niveles escandalosos han sido descubiertos en el Departamento de Aduana. Catorce días después escribían: Hay una magnificencia en esta escala de deshonestidad que debe excitar la envidia de más de un corrupto en el Viejo Mundo, y sugiere la sospecha de que la función pública debe haber sido inusualmente lucrativa para los altos Ministros de la República. Ya en su novela La Bolsa, de 1891, Julián Martel había descripto el clima de corrupción que imperaba en esa administración. No son ni por asomo las únicas referencias al tema en la historia del país. En 1929, bajo el título de Su Majestad, la coima, Roberto Arlt la describía en su artículo como la polilla que roe el mecanismo de nuestra administración, que detiene la marcha del Estado (...) compra al grande (...) como al humilde que se conforma y transige con tal que le den para un café con leche. (...) Y el que no coimea, deja coimear. Las pruebas y los testimonios, de locales y extranjeros, sobran. Mal acostumbrados a convivir con la micro corrupción nuestra de cada día -el conductor que, en un control en la ruta ofrece algo a cambio de zafar de una multa, por caso- hemos asistido, y asistimos, casi anestesiados, a niveles de corrupción siderales y a una exhibición obscena del producto de esa corrupción. El tiempo, los gobiernos y los funcionarios pasan y la corrupción queda. Condenados como Cristina Kirchner, procesados, acusados, investigados. En el ámbito público y en el privado. De los Cuadernos de las Coimas al escándalo de la AFA pasando por la Agencia de Discapacidad o todo lo que hay aún por aclarar con la criptomoneda $LIBRA. Alguna vez el ex presidente Eduardo Duhalde dijo que Argentina estaba condenada al éxito. No era precisamente un profeta, a juzgar por los resultados. Lo que se siguen destapando son escándalos de corrupción. ¿Será eso a lo que sí estamos condenados? Repasando la historia, la estadística no nos favorece. Como decía, frustrado al cabo de los años, uno de los jueces que trabajó en Mani Pulite, la megacausa de corrupción en Italia, mientras no se demuestre que ser honrado paga más que ser corrupto, nada va a cambiar. Más allá de la conciencia individual, por acá eso todavía está por verse. Sobre la firma Newsletter Clarín
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