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  • Nicolás Maduro, el heredero de Chávez que se creyó indestructible

    » La Nacion

    Fecha: 03/01/2026 22:49

    Nicolás Maduro, el heredero de Chávez que se creyó indestructible El exconductor de ómnibus llegó al poder tras el fallecimiento del líder que se creyó el Simón Bolívar del siglo XXI, y protagonizó un declive económico y político que lo llevó a su final desastroso - 6 minutos de lectura' CÚCUTA, Colombia. Para los que creamos el nuevo amanecer, la victoria no es una promesa, es un designio del destino. Nicolás Maduro imaginaba días felices en la víspera del amanecer que realmente cambió su vida y también la Historia de Venezuela. Primero recordó a Hugo Chávez con las palabras que abren esta crónica y luego, en la tarde, recibió en el Palacio de Miraflores al enviado de China para atribuirse sin mayor sonrojo un papel destacado en la construcción de un mundo multipolar de paz. Apoyado por sus aliados, fortalecido por las críticas a Donald Trump, todo marchaba a la perfección. En las horas y días previos había cantado y bailado por la paz, emocionado con su jingle Dont war, yes peace y su versión descuidada del Dont worry, be happy. Había grabado videos, se había puesto las gorras que evocaban el pacifismo, se había conectado a Tik Tok y había disfrutado con las andanzas de su alter ego, SuperBigote, ese supuesto superhéroe capaz de enfrentarse al Imperio y a sus marines. El año había comenzado tal y como sus estrategas querían. En su habitual entrevista con el escritor español Ignacio Ramonet, volvió a tender la mano a Donald Trump y ofreció, esta vez con luz y taquígrafos, los mejores negocios petroleros. El objetivo era claro, pese a las cortinas de humo lanzadas desde el gobierno: la revolución sobrevivirá al Imperio, hasta el 2000 siempre, como decía Chávez. Y el gran jefe de esa Numancia chavista sería Maduro. Todo ese escenario saltó hecho añicos en la madrugada. Los Delta Force dieron con su paradero secreto y redujeron a su anillo de seguridad cubana para subirlo a un helicóptero, junto a su esposa, Cilia Flores. Tal y como sucediera otro 3 de enero con otro dictador, el panameño Manuel Antonio Noriega, el llamado presidente del pueblo abandonó a la fuerza su país con destino a un calabozo en Estados Unidos. Llegado el momento, Nicolás no fue Superbigote, mientras Numancia se deshacía como un terrón de azúcar. Ni siquiera su lema favorito, Indestructible, como la salsa de Ray Barretto, le sirvió. Llegado el gran momento, nada ayudaron sus invocaciones esotéricas ni esos talismanes con los que cargaban sus edecanes, desde la espada de Urdaneta al Pendón de Pizarro. O el anillo con la esmeralda verde que le regaló el polémico gurú indio Sai Babá. Sus acusaciones por narcotráfico en Estados Unidos son incluso más livianas, aunque le pueden costar la cadena perpetua, que los crímenes de lesa humanidad por los que es investigado por la Corte Penal Internacional: ejecuciones extrajudiciales, torturas, violaciones sexuales, desapariciones forzadas y detenciones ilegales. Más allá de sus delitos, el legado del chavismo jamás será olvidado entre su gente. Venezuela bajó a los infiernos varias veces desde que la muerte de su padrino político, Hugo Chávez, le elevara al trono del Palacio de Miraflores en 2013. Doce años después, el 10 de enero de 2025, Maduro renovó su condición de dictador tras consumar la usurpación ilegal del poder, de espaldas a un país que le rechazó en las urnas de forma abrumadora. Una coronación revolucionaria, en presencia de los otros autócratas de las Américas, durante la cual el presidente de facto desplegó un vendaval de falsedades durante la hora y media de discurso. Las actas electorales, rescatadas por un ejército de ciudadanos, confirmaron lo que se sentía en cada esquina del país: la abrumadora mayoría democrática. El 28 de julio Maduro sólo obtuvo 3.385.155 votos frente a los 7.443.584 de Edmundo González Urrutia, una de las mayores palizas en la historia electoral del continente. En el lugar indicado Las distintas series biográficas realizadas para mayor gloria del dictador han dibujado en estos años a un personaje más vivo que inteligente, pero que se hacía el tonto por estrategia y que exageraba los tonos buscando la connivencia popular. Sus únicos estudios de peso los realizó en Cuba, en la escuela de cuadros del Partido Comunista. Por eso fue el elegido por La Habana para sustituir al gran líder, por encima de Diosdado Cabello, siempre sospechoso para el castrismo. Y fueron sus mismo asesores cubanos quienes lo convencieron para sustituir al líder supremo en el imaginario colectivo de los venezolanos. Nunca lo consiguió. Maduro siempre supo estar en el sitio adecuado. Muy cerca de Chávez, como escolta por su tamaño físico, a su salida de la cárcel de Yare, hasta convertirse en principal protagonista de la segunda parte de la revolución. En Yare conoció a Chávez y también a la abogada Cilia Flores, fundamental para su carrera, hoy también en una celda de Nueva York. El conductor de autobuses y líder sindical tenía su encanto, cuentan los que le conocieron. El típico bromista sin gracia, bailarín de salsa de pies ligeros hasta que el sobrepeso lo entorpeció. Hasta lideró una banda de rock. Su espalda ancha y su sonrisa constante llamaron la atención de Chávez, que lo sumó a su equipo victorioso. Mientras el liderazgo popular del gigante de América crecía sin parar, Maduro aprendía a su lado. Paso a paso, del populismo al autoritarismo, Chávez y su aprendiz Maduro comenzaron a invadir todos los poderes del estado y a adaptar las elecciones siempre a su favor. Como si se tratara de un laboratorio del poder, el sindicalista y antiguo conductor del Metro tan buen alumno fue que años más tarde multiplicaría el número de presos políticos y de medios intervenidos. Chávez lo superó sobre todo en expropiaciones, que fueron tan numerosas que dejaron con poca capacidad de acción al sucesor. Mi opinión plena como la luna llena, anunció en diciembre de 2012 Chávez, condenado por el cáncer, para señalar a su heredero. Lo que vino después lo saben los venezolanos, aunque parte del mundo se ha negado a aceptarlo: el derrumbe social y económico del que fuera el país más rico de la región, con la ruptura de récords de pobreza, de escasez alimentaria, de desabastecimiento de productos básicos, de destrucción de la industria petrolera. Y la fuga de nueve millones de venezolanos, una herida tan grande que sólo la caída del chavismo la puede curar. Pese a ello, con ese descaro que define a la familia, Nicolasito Maduro, hijo del mandatario, reclamó el Premio Nobel de Economía para su padre. Iracundo por la concesión del Nobel de la Paz para María Corina Machado, Maduro también inventó el premio Arquitecto de la Paz y se lo concedió, en una reacción que define al milímetro al autócrata que se creyó un césar, fiel escudero del militar que se creyó el Simón Bolívar del siglo XXI.

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