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Fecha: 03/01/2026 06:03
La imagen de un hombre caminando con un collar y un lazo que parece sostenerse solo no es una novedad absoluta para los argentinos. A finales de los años 70, el recordado humorista Carlitos Balá popularizó el personaje de Angueto, un perro invisible que nació tras un viaje del actor a Disney. En una de las tiendas del parque de diversiones, el actor encontró a la venta una correa rígida y, en un acto de improvisación, sorprendió a un turista al simular que un animal inexistente tiraba de ella. Lo que comenzó como un chiste se transformó con el paso de los años en un ícono cultural. Y hoy, décadas después, esa misma iagen se convirtió en una práctica con nombre propio: el hobby dogging. Leé también: La advertencia de Montse Meléndez, ingeniera en alimentos: Jamás laves los platos de tu mascota... Este fenómeno se despereza conceptualmente en un país con una tradición profundamente mascotera. Según los datos del Censo de 2022, el 80% de los hogares argentinos convive con al menos un animal. Solo en la Ciudad de Buenos Aires, el despliegue es masivo: aproximadamente 494.000 perros y 368.000 gatos comparten el espacio con una población de 3,1 millones de personas que habitan en 1,6 millones de viviendas. De los sensores a la imaginación pura Sin embargo, la urbanización y el ritmo de vida moderno han generado obstáculos para este vínculo tradicional y afectuoso a partir de la falta de espacio, de tiempo y de fondos. De hecho, el mercado ya había detectado la necesidad de compañía sin complicaciones y propició el lanzamiento de mascotas interactivas, juguetes equipados con sensores táctiles, auditivos e inteligencia artificial que reaccionan al afecto, mueven la cola y emiten sonidos. Como explica Cristina Caffaro, Marketing Manager de la marca de juguetes Vulcanita, estos dispositivos permiten una experiencia accesible y segura. Pero el hobby dogging lleva esta abstracción a un nuevo nivel. Originada en ciudades alemanas como Bad Friedrichshall y Heilbronn, esta movida propone salir a caminar con correas y collares reales, imitando cada movimiento del animal como si estuviera presente. Pero no se trata solo de caminar; la práctica incluye entrenar al perro invisible y darle órdenes, buscando una conexión corporal y un ejercicio mental que, según sus defensores, reduce el estrés y combate la soledad. Hay quienes dicen que la práctica está inspirada en el hobby horsing, que es la costumbre de cabalgar sobre caballos de madera. En un sentido amplio, no es algo tan loco: si hace años que existe el Campeonato Mundial de Air Guitar, quién se puede oponer a una alternativa más de bienestar que desafía las convenciones sociales. La profesionalización de lo invisible Lo que en redes sociales fue recibido con burlas y memes, es tomado con absoluta seriedad por profesionales de la actividad. La adiestradora Barbara Gerlinger se ha convertido en la cara visible del movimiento. No solo organiza talleres, sino que diseña sus propios circuitos con conos, trepadoras y obstáculos para que los participantes practiquen con sus correas. Leé también: Alan Peiró, experto: Nunca retes a tu perro si se asusta por las explosiones de los fuegos artificiales Sus videos, realizados junto a su hijo, han alcanzado cifras astronómicas de 5 millones de visualizaciones, atrayendo el interés de países tan distantes como Estados Unidos y Japón. Gerlinger admite que la idea suena un poco loca, pero sostiene una filosofía clara: el problema en el adiestramiento nunca es el perro, sino el humano al otro lado de la correa. Al eliminar al animal real, el dueño se ve obligado a concentrarse plenamente en su postura, su tono de voz y su tensión corporal. En sus clases, el realismo es fundamental. Algunos participantes utilizan correas reforzadas con alambre para simular la tensión de un animal tirando. ¡Salto! ¡Salto!, exclama Gerlinger mientras sus clientes saltan vallas y buscan en sus bolsillos premios imaginarios para recompensar a sus mascotas. Incluso asigna accesorios acordes con las razas ficticias: Tenés un Rottweiler, tomá un arnés más grande, le ofrece a uno de sus alumnos. Más allá de la performance urbana, el hobby dogging tiene un respaldo técnico en el mundo del adiestramiento profesional. Entrenadores caninos señalan que existen habilidades mecánicas que los humanos deben dominar antes de intentar comunicarse con otra especie. Gran parte de la interacción depende del movimiento físico del humano, y practicar con un perro invisible permite perfeccionar este lenguaje corporal en un entorno libre de estrés. Beneficios emocionales y de los otros Para muchos participantes de la movida alemana, como Anette Hilkert, de 61 años, la actividad tiene un valor sentimental y práctico. Hilkert pasea a Chantal, una perra boxer invisible que lleva el nombre de su mascota fallecida. Este entrenamiento le permite practicar y controlar sus sensaciones antes de ponerle la correa a Mottchen, su perro real, quien a menudo observa las maniobras desde la distancia. Otros entusiastas, como los que aparecen en videos virales de Heilbronn bajo la tutela de una entrenadora llamada Sabine, destacan el factor social: Vivo sola y siempre quise un perro, pero no puedo hacerme cargo de los gastos. Cuando camino a mi perro invisible, me siento más tranquila; la gente sonríe y eso me sube el ánimo. Los psicólogos coinciden en que estas actividades pueden tener un propósito terapéutico, ayudando a mantener la actividad física de quienes las practican (no deja de ser una excusa para caminar) y creando un vínculo emocional que puede faltar en la vida diaria. Las ventajas prácticas son innegables para quienes buscan evitar las complicaciones de la tenencia real: Ahorro: Sin facturas de veterinario ni gastos en alimentación o vacunas. Higiene del hogar: No hay pelos en las alfombras ni olor a perro mojado. Convivencia: Se eliminan los ladridos y las quejas de los vecinos. Salud: se anula la posibilidad de alergias y se propicia la actividad física para los sedentarios. Logística simplificada: No es necesario recoger excrementos ni lidiar con la ansiedad por separación cuando el humano se va de casa. Un debate sobre la soledad moderna Otro aspecto positivo para algunos participantes de esta movida es que les permite usar la actividad como homenaje a mascotas fallecidas y canalizar así la pena por la pérdida. Leé también: Diseñaron cajas navideñas para perros y gatos y son furor: cuánto cuestan Pero a pesar de sus beneficios, el hobby dogging no está exento de críticas. Hay quienes consideran que esta tendencia banaliza el cuidado animal o que es un síntoma de una desconexión profunda con la realidad de cuidar a un ser vivo. Para algunos especialistas, es el reflejo de una sociedad con más vértigo, más presión y vínculos cada vez más simbólicos. Sin embargo, el fenómeno ya ha trascendido las fronteras de Alemania, con seguidores que replican la actividad en la República Checa, Finlandia y los Países Bajos. En un mundo que pide a gritos serenidad y momentos de paz, pasear a un perro que nos ignora podría ayudarnos a sentirnos más felices al reconectar con nosotros mismos.
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