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Fecha: 03/01/2026 05:43
Cumplimos todas nuestras promesas de campaña, empezó el presidente Javier Milei su breve saludo de fin de año grabado para las redes sociales. Suena un tanto exagerado, pero enseguida vino la enumeración, y empezó por la promesa más importante: Estamos bajando la inflación. Dicho así, suena bastante más prudente que el habitual estamos pulverizando la inflación y es coherente con un llamativo comentario en una entrevista previa a Navidad, cuando el líder libertario citó un misterioso trabajo de tesis de licenciatura en economía de la Universidad Nacional de Córdoba, según el cual habría quedado constatado que después de un ajuste -como el que practicó Milei-, el rezago de los precios no sería de 18 meses, como él creía, sino de 26 meses. Nunca se conoció ni el nombre del estudiante ni el trabajo en sí, pero un amigo de Milei, el profesor Enrique Neder, de esa universidad, dijo que fue tutor de esa tesis y que da fe de que existe: creer o reventar. Leé también: El Gobierno oficializó el Presupuesto 2026 y la Ley de Inocencia Fiscal: los puntos clave Mito o realidad, es raro que se le busque poner -y después cambiar- la fecha final de la inflación: en la convertibilidad de los 90, la Argentina bajó en nueve meses de una hiperinflación a una inflación anualizada de un dígito. Israel, en los 80, aplicó un plan de estabilización que tardó casi una década en bajar su inflación a un dígito: la economía no es una ciencia exacta por más modelos matemáticos que aplique. Quizás Milei se complicó innecesariamente poniendo plazos inconsistentes con sus políticas para terminar con la inflación. Tuvo la suerte de que el electorado se lo perdonó en la elección de medio término del 26 de octubre. Pero las referencias precavidas de Milei de Navidad y Año Nuevo sobre la inflación revelan un cambio muy sutil pero trascendente en el relato sobre ese mandato central de su gobierno: combatir la inflación. Para decirlo en términos de la teoría de la comunicación, podría tratarse de una forma de inocular el virus de la paciencia en la opinión pública para que asuma que los números de inflación no están bajando tan rápido como prometía Milei en sus discursos oficiales, ni bajarán tanto en los próximos meses: los 18 meses se cumplieron el pasado agosto, con 1,9 por ciento, y desde entonces la inflación -en lugar de bajar- fue subiendo mes a mes hasta llegar a noviembre con 2,5 por ciento. Se espera para diciembre un nivel similar al de noviembre. Más simple: Milei podría estar abriendo el paraguas, porque también la inflación de este nuevo año podría dar bastante más alto que el fantasioso diez por ciento que estipula el primer Presupuesto Nacional que consiguió su gobierno. Si la inflación del 2026 se parece al del que terminó, estaría más cerca de 30 por ciento que un dígito. Es un desafío mayúsculo para mantener la confianza en su gestión, porque ya hoy los argentinos descreen de las estadísticas oficiales de inflación del INDEC. Una encuesta de fin de año de la consultora Zentrix sorprendió con un altísimo nivel de descrédito: el 60 por ciento no cree que el dato de inflación publicado por el INDEC refleje adecuadamente la variación de precios la gente percibe en su vida cotidiana, contra apenas 33 por ciento que cree las estadísticas oficiales de inflación son fiables: más del 90 por ciento de los que votarían en oposición a Milei descree, pero también casi un tercio de los propios votantes libertarios dudan hoy de los índices oficiales, según el Monitor de Opinión Pública de Zentrix que dirige el economista Claudio Montiel. En la Argentina esas dudas son comprensibles por el trauma que dejó en la opinión pública -y en los mercados financieros- la grosera manipulación del índice de precios por la que la Justicia condenó al ex secretario de Comercio kirchnerista Guillermo Moreno. Pero esa desconfianza en las estadísticas oficiales no es patrimonio criollo exclusivo: hoy en los Estados Unidos reina un descrédito similar. La encuesta del Centro de Estudios Políticos de la Universidad de Harvard y la consultora Harris de diciembre muestra que el 71 por ciento de los norteamericanos cree que la inflación es más alta que el 3 por ciento que publican las estadísticas oficiales: Donald Trump está perdiendo credibilidad, y eso afecta las estadísticas públicas. El nuevo índice que pone en práctica el INDEC bajo la órbita del gobierno de Milei reemplaza al que había vencido hace más de una década. Se usaba la canasta de bienes y servicios de 2004, cuando todos los organismos internacionales sugieren actualizarla como mínimo cada diez años. De Guillermo Moreno no se podía esperar mucho, pero Mauricio Macri tampoco se animó a hacer el cambio, ni el kirchnerismo que volvió después. Durante dos años, los organismos internacionales -como el FMI- le preguntaban al equipo de Milei insistentemente para cuándo pensaba modernizar su índice: el libertario tampoco se animaba. Recién con el arranque de este año no electoral está dando el paso, porque el nuevo índice tendrá un componente más importante de servicios que en 2004 ni existían: la mayoría no estaba abonada a banda ancha de Internet, ni tenía abonos de canales de streaming ni apps de ningún tipo. Además, los servicios públicos, en general, tienen que tener un peso mayor, y eso es lo que más subió en los últimos años -y seguirá subiendo en los próximos tiempos: cuanto más se ponderen servicios que seguirán subiendo, más probabilidad hay de que el índice de inflación dé más alto. El nuevo índice se parecerá bastante más al que publica mes a mes la ciudad de Buenos Aires, que ya contempla esa actualización, y por algo viene dando ligeramente más alto que el nacional. Pero al desafío de que desde ahora el gobierno libertario tarde bastante más de lo que proclamaba en cumplir con su promesa central de pulverizar la inflación por la nueva forma de medir los precios, se le está sumando un ingrediente que hace más complejo todo el plan económico: el ministro de Economía Luis Caputo anunció que desde enero habrá un nuevo esquema cambiario que podría entonar más la inflación que ya venía repuntando en el segundo semestre del año que acaba de terminar. Ahora el techo de la banda se actualizará según el dato de inflación de dos meses atrás. Eso le pone un piso a la inflación que, en enero, podría copiar a la inflación de noviembre, de 2.5 por ciento. Como en la Argentina el pass through de la suba del dólar a los precios es tradicionalmente el más veloz del planeta -por algo Milei en la campaña prometía la dolarización y durante sus primeros dos años buscó clavar el dólar lo más posible manteniendo el cepo para las empresas y esquivando comprar reservas para el Banco Central- lo más probable es que la inflación de este año se parezca bastante más a la del año que pasó que el delirante diez por ciento que prometió en el Presupuesto. El precio del dólar, además, estará presionado por los fuertes vencimientos de deuda, de más de 20 mil millones de dólares: este año es muy probable que Milei se pregunte todas las noches antes de dormirse por qué no cumplió de entrada con su promesa de campaña de dolarizar la Argentina y eliminar el peso, que por entonces llamaba excremento. El cambio de verbo -de pulverizar a bajar la inflación- puede ser solo un primer paso en la búsqueda de un nuevo relato económico para Milei en el que la inflación podría ya no ser tan fácil de domar como prometía en la campaña y sus primeros años de gobierno.
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