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  • La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un hombre solo (Primera parte)

    » Clarin

    Fecha: 02/01/2026 07:14

    Yo no sé si nos reconforta más cumplir un objetivo que anhelamos durante toda una vida, o descubrir que nos hace felices una experiencia que no hubiéramos imaginado. Lamentablemente no he podido comprobar uno ni otra. Pero recientemente experimenté una inmensa satisfacción al actuar en una pequeña sala en Kiryat Yam, una también pequeña localidad, cerca de Haifa, al norte de Israel. Pensé que no juntaría ni diez personas, pero superamos modestamente los cincuenta espectadores. Al concluir el show, se largó un chaparrón monumental. Uno de mis anfitriones me ofreció hacer noche allí mismo, compartiendo habitación con un inmigrante reciente. El sitio de mi función era efectivamente un centro de absorción de inmigrantes. Además de mis espectadores -argentinos, uruguayos, mexicanos, colombianos-, campeaban por allí los judíos etíopes, recién llegados del desierto africano a la tierra prometida. Le agradecí fervientemente su hospitalidad, pero comenté que ya tenía paga mi noche de hotel a veinte minutos de distancia, en la también modesta Kiryat Ata (kiryat es ciudad). -Es usted de esos que no comparten habitación ni con el rey. -No compartiría habitación con un rey -especulé-. Y también prefiero mi habitación de hotel en este caso. El hombre permaneció observándome. Me había aplaudido durante el show, le estaba agradecido. -Yo no quiero molestarlo contándole lo que ha significado en mi vida no querer compartir habitación. -Supongo que hasta que no remita este chaparrón no podré marcharme -lo alenté-. Puedo escuchar su historia. -No sé -siguió mi anfitrión- Los chaparrones son breves en la tierra de Israel. Es un país muy pequeño. -Si para de llover, igual termino de escucharlo -pacté-. Por naturaleza soy un hombre solo -comenzó-. Desde niño evitaba las aglomeraciones, las filas, los entretenimientos grupales. Por no hablar de los masivos. Le pedía a mi madre que no organizara mis cumpleaños. Tampoco me gustaba cenar en familia. No sé cuántos encantadores de serpientes de la Universidad de la Chorrada sostienen desde hace años que los niños crecen mejor cuando comparten la mesa familiar. No es mi caso. Me enamoré una sola vez en mi vida. Tampoco con ella compartí la cama. Dos son multitud. Para nuestra intimidad, lógicamente estaba a su disposición. Pero para dormir no necesito compañía. Con todo respeto. Mis pesadillas y mis sueños alegres, puedo transcurrirlos a solas. Finalmente me abandonó por asuntos sin relación alguna con compartir el cuarto. Pero sí es cierto que nunca le gustó que yo evitara las fiestas y las salidas con amigos. Cada uno es como es. -Depende -contrapuse-. Cada hombre es como es hasta que encuentra a una mujer. Entonces descubre que no era como era. -No lo puedo contradecir -aceptó-. Y tampoco le voy a porfiar con un galimatías: no era como creía que era. No. Es tal como usted lo dice. Solos, somos de una manera. Y con cada persona, de maneras inimaginables. -Cierto -admití-. En cualquier caso -continuó-, en los años 70 yo estaba permanentemente enamorado de Luba. Era un amor que me provocaba insomnio y una conciencia excesiva de mi soledad. Contaba yo más de treinta años. Luba treinta. Ninguno de los dos se había casado aún. Ella era la hermana de un amigo. La casualidad había querido que yo alcanzara la gracia del Creador con la hermana de otro amigo, en las primicias de mi juventud. Pero Luba fue el primer amor perdón el único amor de mi vida. Al hermano de Luba, Marcos, había dejado de verlo en el año 69, circa el Cordobazo, de hecho se había ido a vivir a Córdoba. Pero a Luba no podía dejar de verla. Siempre estaba en mi recuerdo. Y la veía entrando al Ministerio de Bienestar Social, donde ella trabajaba de secretaria, y yo pasaba todas las mañanas rumbo a mi oficina como empleado de una marca de combustible. En rigor, me estudié sus horarios, que a menudo eran irregulares, como los de cada una de las mujeres para mí atractivas que he conocido. Se la hago corta. Una tarde me llama el padre de Marcos, que no era el mismo que el de Luba (eran hijos de la misma madre). Y me dice que Marcos está viniendo de Córdoba y que necesita quedarse en mi casa. Le hablo de mayo de 1975. Habían pasado 6 años desde mi último encuentro con Marcos. -Mucho tiempo -interrumpí-. ¿Y por qué lo llamó el padre, y no el propio Marcos? -En ese momento no me lo pregunté -siguió mi interlocutor-. Porque lo único que me importaba era que la presencia de Marcos me permitiría invitar a Luba a una reunión de los tres. No era exactamente que me rechazaba cuando nos cruzábamos de casualidad, si no que yo sentía que no le ofertaba con la suficiente firmeza el encuentro deliberado. Lo que decíamos antes: con ciertas mujeres yo era displicente; con Luba, me abatataba, como en la canción de María Elena Walsh. Pero dándole alojamiento a Marcos, procedía. -Proceda -bromeé-. -Llegó Marcos, mal vestido, mal barbado. Por entonces no se estilaba la barba de días. Parecía un ciruja. Casi que me daba impresión invitar a Luba a reencontrarse con ese fantasma. No sabía si a lo largo de esos años se habían visto, ni se lo pregunté. Pero cuando la invité al encuentro tripartito, se negó. No recuerdo que excusa interpuso, pero agregó que ya nos veríamos. Marcos, aunque era mi huésped, me cortaba el rostro, como se dice ahora. -Se usa mucho menos esa expresión en la Argentina -le aclaré. -Qué pena. Me gustaba -lamentó el narrador-. Dejé la Argentina en 1977. Pero esa expresión me la traían mis conocidos a partir de los 90. Ni alfajores ni mate: giros idiomáticos. No ocupan lugar en el bolso y me encantan. -¿Y usted visita cada tanto? -pregunté-. -Ni una vez -replicó en un tono neutro-. En el 2027 se cumplirán cincuenta años desde que dejé la Argentina. Parece un cuento de ciencia ficción, de Bradbury. Se la hago corta. Marcos era montonero. Entre el padre y mi examigo me habían empernado. Me usaron de tabique, de bunker. Eran nazis los montoneros. Pero por sobre todas las cosas, imbéciles. La imbecilidad de Marcos era de una extensión que aún no termino de calcular. Se odiaba a sí mismo con tal tenacidad que estaba dispuesto a que mataran junto a él a todos los que pudiera implicar. Empezando por su familia, pero sin dejar afuera a sus amigos. Por supuesto, logró su cometido, que lo atraparan y lo mataran. Todavía era la gestión del gobierno que el propio Marcos había votado. De modo que de achurarlo se encargaron los de la Triple A. Una semana le pusieron un aviso clasificado en la revista El Caudillo, y a la semana siguiente amaneció sin cabeza en los bosques de Ezeiza, las manos atadas a la espalda con un precinto de valija. Todo dentro de la familia peronista. Pasó dos noches en mi casa, se suponía que serían tres. Pero desapareció sin avisar, y lo siguiente que supe, cinco días después, fue su foto decapitado en el diario La Opinión, el único que publicó la noticia. -Lo siento mucho -se me escapó-. -Yo lo único que sentí fue miedo. Un poco de rencor también -confesó-. Pero con el pasar de los meses logré olvidar. No necesariamente perdonar. Luba sí me avisó que viajaría a los Estados Unidos, y me ofreció vernos a su regreso. Asentí, con mucho gusto. Pero sobrevino el Golpe de Estado. Nunca imaginé que mi vida cambiaría de tal modo con un evento que en ese momento no me resultó tan relevante como ahora parece. El asunto es que en algún archivo figuraba que yo había hospedado a Marcos en mi casa, y el hijo de remilputas de Marcos había asesinado a alguien que incluso hoy no me atrevo a mencionar. Me consideraban cómplice. El padre de Marcos, que tenía algún tipo de conexión en las altas esferas, me advirtió, y me ofreció pasar unos días en su casa, que era intocable. (Este relato concluirá la próxima semana) Newsletter Clarín

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