30/11/2025 05:12
30/11/2025 05:11
30/11/2025 05:08
30/11/2025 05:07
30/11/2025 05:03
30/11/2025 05:01
30/11/2025 05:01
30/11/2025 05:01
30/11/2025 05:00
30/11/2025 05:00
Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/11/2025 04:43
Japón se convierte en el motor creativo y la patria perdida en la narrativa de Amélie Nothomb, marcando su identidad literaria (Foto: Anagrama) Para muchos autores los lugares, las geografías que habitan, los recuerdos de infancia son solo un telón de fondo, el escenario que una novela necesita del mismo modo que un teatro necesita escenografía. Para otros, el lugar se convierte en destino: herida, ruptura y revelación. Amélie Nothomb ha pasado tres décadas dando vueltas alrededor de un país, como un peregrino rodea una montaña sagrada. Japón no es simplemente el origen de su vocación literaria. Es el paisaje que moldeó su conciencia, el fantasma que acecha su imaginación viva. O mejor, es un motor que hace que la maquinaria funcione. Su nuevo libro Japón eterno, nacido en parte de su aparición en el podcast franco-japonés Japon: les fleurs d’un monde flottant (Japón: las flores de un mundo flotante) y en parte de las décadas que pasó escribiendo sobre un país del que fue exiliada cuando era niña, reabre una cámara sellada durante mucho tiempo en su literatura. Desde su debut a principios de la década de 1990, Nothomb ha escrito sobre Japón de forma indirecta, oblicua y obsesiva. En Metafísica de los tubos, la infancia en la región de Kansai se convierte en una iniciación mística al mundo; en Estupores y temblores, la Tokio corporativa es un teatro de humillación y renacimiento; en Ni de Eva ni de Adán, el amor entre culturas se convierte en un frágil experimento condenado al fracaso. Cada libro es aparentemente independiente, pero juntos forman un ciclo narrativo ininterrumpido: Japón es siempre la patria perdida, siempre el amado inalcanzable, siempre el lugar profundo y contundente -inescapable- de la identidad. El nuevo libro, más tranquilo, más elegíaco, más introspectivo, parece el momento en que se cierra el círculo. El nuevo libro de Amélie Nothomb, Japón eterno, explora la influencia espiritual y literaria de Japón en su vida y obra En el podcast, Nothomb dice una frase que condensa la verdad de su vida como escritora: “Mi mitología personal es realmente Japón”. Japón no es su tema. Es también su cosmogonía. Y esta vez el regreso no se presenta como un viaje. Es la memoria transformada en filosofía. El Japón que evoca ya no es geográfico. Se ha convertido en un país metafísico, un espacio espiritual construido a partir de la infancia, el lenguaje y la gramática espiritual del budismo y el sintoísmo (este último un sistema espiritual ligado a la tierra, al linaje y a la percepción del mundo como algo vivo, una religión no doctrinal, pero sí práctica y ritual). El nuevo libro es lo más cerca que ha estado nunca de reconocer que Japón no es el escenario de su literatura, es el motor. Para entender el Japón de Nothomb, hay que empezar por los años anteriores a que el lenguaje y la memoria tomaran forma convencional. Su familia vivió allí mientras su padre era diplomático belga. Kioto y Osaka no fueron destinos elegidos en la edad adulta, sino el telón de fondo de su primera toma de conciencia de la existencia. La infancia en ese país le proporcionó lo que ella llama “la geografía de mi alma”. El primer mundo que percibió no fue Europa, sino el jardín japonés: la quietud, el silencio, el lento desvelamiento de un paisaje que debe contemplarse en lugar de consumirse. En un momento característico del podcast, habla de esos primeros años con una serenidad que roza la revelación religiosa: “Aprendí el mundo en japonés. No lo hablaba, sino que me moldeó”. Esta es la paradoja central del Japón de Nothomb: no describe al país como lo hacen los extranjeros, a través de la observación antropológica o la fascinación exótica. Lo describe como se describe el lugar de nacimiento. La concepción budista japonesa del vacío “mu” está en el centro de sus recuerdos de infancia. El vacío no es nada. Es potencial. Si Occidente enseña a los niños que la identidad se forma a través de la expresión y la afirmación, Japón le enseñó a Nothomb que la identidad se forma a través de la atención. Esa lección se quedó con ella cuando se vio obligada a marcharse. En su nuevo libro, Amélie Nothomb convierte a Japón en un espacio espiritual y metafísico (Foto: Freepik) Más tarde, se daría cuenta de que su primer contacto con el mundo no fue el francés, sino la arquitectura sensorial del japonés. El japonés no es un idioma de sustantivos abstractos, sino de relaciones, contexto y gestos. Es una forma lingüística que se resiste a la separación entre la palabra y el mundo. En Occidente, las palabras describen la realidad. En Japón, las palabras la representan. Esa distinción es importante. Su nuevo libro trata el japonés no como una lengua extranjera, sino como un sistema invisible de organización espiritual. El sistema de escritura japonés -los kanji, que se parecen más a dibujos que a símbolos alfabéticos- se convirtió en su primer alfabeto. El país se inscribió en su imaginación antes de que pudiera conceptualizarlo. El exilio llegó antes que la conciencia de sí misma. Esto hace que su regreso sea un dilema lingüístico. El japonés expresa lo que el francés no puede. El francés expresa las heridas que el japonés no expresa. Su literatura es el puente construido entre dos identidades lingüísticas: una heredada y otra impuesta. La escritura se convierte en una reconciliación espiritual necesaria para alcanzar la paz interior. Y el exilio es también el acontecimiento que la convirtió a en escritora. Bélgica es donde aprendió a leer y escribir. Pero Japón es donde aprendió a sentir. Ser expulsada de la patria espiritual de la propia imaginación es un trauma que nunca se cura. Nothomb no idealiza el dolor. Lo acepta. El exilio no es una condición que haya que resolver. Es un modo creativo. Su Japón es la patria de la imaginación, no la geografía. Mientras que la literatura occidental utiliza el exilio de forma política o psicológica, Nothomb lo utiliza de forma espiritual. La infancia se convierte en el lugar sagrado al que uno regresa a través de la escritura. La obra de Nothomb utiliza el mito y la memoria para crear un Japón interno, más allá de la geografía y el realismo documental Una crítica recurrente es que mitifica Japón. Pero ese es precisamente el punto. Su Japón no es documental, sino un modo de narrar o pensar la realidad que la convierte en mito, usando recursos poéticos y simbólicos. Y los paisajes míticos no requieren ni precisión ni realismo. Requieren verdad. Kioto se convierte en el teatro del despertar espiritual. Tokio se convierte en el escenario de la humillación y la trascendencia. Japón se convierte en el personaje al que se dirige y contra el que escribe. El país no es externo. Es interno. Nothomb no representa a Japón. Lo crea. Y esta espiritualidad vital con la que lo lleva en su interior se la da el budismo. Como bien explica ella misma en el libro, en el budismo la iluminación es la conciencia de la impermanencia del mundo. Su escritura pone en práctica este principio frase por frase. Sus recuerdos de infancia se convierten en “koans”: un enigma, paradoja o frase desconcertante que rompa el pensamiento lógico y despierte una comprensión directa de la realidad. En ese sentido. sus descripciones de jardines y templos funcionan como meditaciones. Japón se convierte en la condición espiritual de su visión del mundo. El exilio se convierte entonces en una lección budista. La pérdida no es un castigo sino iluminación. Y el nuevo libro de Nothomb abraza esta verdad. No llora por Japón, lo contempla. El diálogo de toda una vida con Japón no es solo una obsesión literaria. Es la historia de cómo una persona inventa una patria a partir de la memoria y la pérdida. Japón se convierte en la metáfora de la geografía del alma. Su nuevo libro cierra un círculo y abre otro. Acepta que el país de Oriente que ella conocía ya no existe a la vez que acepta que siempre volverá a él (al que no existe). La literatura se convierte en santuario, templo y jardín. Y por eso el nuevo libro parece la culminación de un proyecto vital. No porque finalmente llegue allí, sino porque revela el secreto de su escritura: Japón es el mito que la creó. Un mito que nunca podrá resolverse, un país que sigue hablando y el lugar donde la infancia se convirtió en destino.
Ver noticia original