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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/11/2025 04:38
Javier Milei Creo recordar un artículo de Marco Denevi, publicado hace muchos años, en el que se refería al triunfo de la viveza sobre el talento. En realidad, describía el daño que una sociedad sufría al imponer la picardía sobre el esfuerzo. No es necesario evocar las máximas del Viejo Vizcacha para comprobar que muchos de nosotros nacimos en un país de una enorme riqueza de pensamiento y terminamos transitando hoy una realidad liderada por personajes que difícilmente resistan la inocencia de un archivo histórico sobre su obsceno crecimiento económico personal. Penoso debate el de las denuncias graves y concretas sobre gobiernos anteriores aunque no se haya juzgado a todos los que lo merecían. Sin embargo, más lamentable aún es constatar que desde el inicio de la presente gestión, se reiteran comportamientos que caen en manos de la Justicia y asombran por su desvergonzada impunidad. Asumir la riqueza económica como elemento central del triunfo suele dejarnos el sabor de la perversión que tales éxitos imponen sobre el perjuicio que soportan los caídos. Algunos escritores se refirieron muy tempranamente al disfrute del daño que los vencedores ejercen en su mirada de los vencidos. De crueldad habló Martín Kohan desde el inicio; la voz de Sergio Olguín fue también de las primeras en elevarse críticamente. Pero no son tantos los intelectuales, políticos ni periodistas que se hayan pronunciado o acompañado reclamos como hubiera sido deseable. No sé a qué le temen para mantenerse en silencio. Ellos sabrán. El Estado siempre fue el lugar que defendía los derechos de los débiles contra la codicia de los fuertes; hablar de su debilidad implica un retroceso en el que la ideología impone sus normas de abandono de los últimos límites de la solidaridad. El Liberalismo como ideología no deja de tener sus valores que, claro está, no se sostienen cuando el término se utiliza tan solo para ocultar una voluntad macartista en lugar de manifestar y poner en práctica las dignas propuestas de la libertad. En otros tiempos, los partidos políticos requerían de un golpe de Estado para ser derrocados en su voluntad de expresar a las mayorías. Por una parte, su lento debilitamiento debe arrastrar la culpa de sus propios errores y por otra, deja al desnudo que el poder económico produce, merced al “Golpe de los Mercados”, los mismos resultados que ayer surgían de los duros Golpes Militares. La concentración económica ha encontrado en el viejo Estado limitaciones a su desmesura que solo se sostienen en la impotencia de la oposición de engendrar una alternativa digna de devolverle la confianza a los votantes. En el caso del Peronismo, fuerza ya demasiado distante de sus principios originales, siempre fue capaz de salir de la derrota expulsando a sus responsables y encabezando una nueva alternativa. Es llamativo el hecho de que en la elección de la Provincia de Buenos Aires, donde participaban todas sus estructuras y estaba ausente su conducción derrotada, pudo imponerse por un holgado margen. Será luego, con las viejas candidaturas, donde el oficialismo logre que el miedo al pasado imponga su signo a la totalidad de la sociedad. Ni las corrupciones del ayer ni las de hoy hacen otra cosa que mostrar a las claras la práctica de una dirigencia que cada tanto deja una de sus partes en feroz evidencia. No son una casualidad, sino la más clara expresión de la conducta dirigencial vigente. El actual Gobierno logró un triunfo electoral mientras lentamente iba imponiendo la conciencia de que de su ideología surge una brutal y dolorosa realidad que nos afecta en todos los ámbitos. ¿Ahora serán cuestionadas las vacunas, ese extraordinario descubrimiento científico que tantas vidas ha salvado, ridiculizadas en un bochornoso stand up parlamentario liderado por la diputada del PRO Marilú Quirós y sus seguidores libertarios? Entre tanto, una ultramontana reforma educativa nos espera, además de la laboral y previsional que, aunque necesarias, se anuncian como brutalmente restrictivas. ¿Seguirá su curso una batalla cultural que limite las libertades de todos en los ámbitos artísticos, científicos y culturales, incluso las de ciertos miembros de algunas minorías que habían logrado legitimar sus derechos y hoy adhieren a este gobierno sin animarse a objetarle nada? Para no hablar de la desmesurada represión de las manifestaciones de cada miércoles, que ya dejó inválido a un periodista e hirió, entre otros, a una niña de diez años y a varios discapacitados. Ambos colectivos -jubilados y prsonas con discapacidad- , por lo demás, marchan casi en soledad, de no ser por algunas agrupaciones de izquierda -hay que admitirlo- o algún cura que se solidariza con su causa. Un aumento de 4000 pesos al salario mínimo propuesto por los empresarios alineados con el Gobierno, ¿es un ofrecimiento en serio o una despreciable tomadura de pelo a los trabajadores? Y con el consumo, ¿qué? Y con las industrias y las pyme que cierran, ¿qué? Y con la producción, ¿qué? ¿Importamos todo y ya está? Parece que sí. Quienes hoy gobiernan y sus partidarios jamás entendieron ni les importó en lo más mínimo comprender que la política es un espacio de soñadores donde la voluntad de trascendencia se impone a las limitaciones del egoísmo. La incondicional sumisión a los poderosos externos e internos no se compadecerá jamás con el altruismo de los sueños. Es absurdo imaginar un futuro en el limitado espacio del equilibrio fiscal. Lo que importa en una sociedad no es la riqueza de unos pocos, sino la justicia que distribuya dichos beneficios. Estoy convencido de que Milei y su gobierno ya perdieron la capacidad de expresar lo nuevo y han quedado limitados a ocupar tan solo el último escalón de la decadencia, de la imposición del individualismo y del “sálvese quien pueda”sobre las voluntades y los legítimos reclamos colectivos. ¿Debo concluir con una frase esperanzadora? No me resulta sencillo hacerlo, pero quiero creer que lo nuevo asociado con lo justo para el conjunto de la sociedad está en tiempo de nacer. ¿Podrá ser así?
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