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    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 30/11/2025 04:37

    Javier Milei junto a su hermana Karina, Patricia Bullrich y Diego Santilli El gobierno libertario encabezado por el presidente Javier Milei comenzó a adentrarse en la nueva etapa que habilitó la tan sorpresiva como contundente victoria electoral en las elecciones de medio término. Tras algunas semanas de gestos confusos y por momentos contradictorios en relación a la forma de gestionar e interpretar los resultados, con una mezcla de alivio y euforia, un gobierno que hasta hace algunos meses parecía naufragar en aguas turbulentas, recibió una inédita asistencia respiratoria de Trump que le permitió no solo llegar a las elecciones con un ambiente más calmo sino también desplegar una agresiva campaña sobre el tramo final que acabó consumando una contundente victoria que no estaba ni en los planes de los más voluntaristas libertarios. Con un liderazgo plebiscitado y fortalecido, aunque acechado por los cantos de sirenas del hegemonismo y la vocación totalizante que siempre han parecido seducir al primer mandatario, el Gobierno pareció finalmente abocarse a lo que era señalado como uno de los grandes déficits de un espacio que llegó al poder sin partido, inserción territorial ni volumen parlamentario propio: no sólo la construcción de un oficialismo, con contornos más nítidos, posicionamientos más claros, e identidad propia, sino también con mecanismos más eficientes para la toma de decisiones, líderes parlamentarios empoderados, y una política de potenciales alianzas necesarias para la construcción de consensos. La renovada mesa política del gobierno, representada por el tridente Santilli-Menem-Bullrich, siempre supervisada con celo por la hermana presidencial, personalmente o a través de su delegado Manuel Adorni, se ha venido abocando a la mayoría de estas tareas durante el último mes. En este marco, hubo indudablemente algunos “avances” aunque también persisten importantes incógnitas en torno a si el gobierno logrará finalmente ordenarse en lo que respecta a la gestión de la política, y a cómo ello impactará en el futuro de un plan económico que plantea no pocos interrogantes respecto a su capacidad para reactivar la economía real. Lo cierto es que el nuevo Ministro del Interior sumó miles de kilómetros, bebió litros de café y acumuló más de una decena de fotos durante sus encuentros con los gobernadores. Un hecho sin dudas importante para un gobierno que había roto puentes incluso con aquellos líderes territoriales otrora aliados o abiertamente dialoguistas, pero que aún no está claro si habrá de materializarse en acuerdos concretos y relativamente duraderos. Es que, más allá de la buena predisposición de la mayoría de los gobernadores con los que se juntó Santilli, no puede obviarse que las relaciones con las provincias habrán de estar condicionadas a la satisfacción de demandas urgentes que van desde la obra pública y las deudas previsionales, hasta el reparto los ATN y otros fondos coparticipables. Los gestos son importantes para marcar el comienzo de una nueva etapa, pero si como graficó irónicamente el gobernador salteño Gustavo Sáenz, pese a los buenos modales y la voluntad de diálogo “el poncho sigue sin aparecer”, el panorama podría cambiar rápidamente. Por lo pronto, en este frente el Gobierno cuenta con la ventaja de que los gobernadores aliados o dialoguistas no han logrado conformar un espacio común, y se dividen en al menos tres grupos: los que abrevaban en el devaluado “Provincias Unidas”, los que buscan darle forma a la “liga de la gobernabilidad”, y los peronistas que desconocen el liderazgo parlamentario del pan-kirchnerismo. Una fragmentación que, sin dudas, permitiría a priori negociar con mayores márgenes de maniobra, caso por caso, ley por ley, según las necesidades y los votos necesarios. En paralelo al acercamiento con los gobernadores, los hermanos Menem y la senadora electa Patricia Bullrich han venido operando en el Congreso Nacional con el objeto no solo de ampliar la representación libertaria más allá del resultado de la aritmética electoral sino también de horadar los bloques legislativos del peronismo. El primer objetivo, con la incorporación de legisladores bullrichistas, radicales “con peluca”, y la fuga por “goteo” del PRO, acerca a LLA en Diputados a la condición de primera minoría y lo deja a tiro del quorum propio con la asistencia de sus socios “amarillos”. Algo para lo que también ha coadyuvado el desgarramiento de los bloques de UP de la mano de gobernadores como Jalil, Jaldo, Zilioto o Zamora. Con estos movimientos el oficialismo pareciera tener el camino despejado para avanzar hacia los tan ansiados éxitos legislativos, tras un año plagado de reveses y duras derrotas en ese ámbito. Por lo pronto, la primera prueba será la aprobación del primer presupuesto desde que Milei se hiciera con la presidencia, lo que debería ocurrir durante el mes de diciembre. Sin embargo, la prueba de fuego tendrá que ver con la agenda de extraordinarias para el 2026, donde estarían incluidas la reforma laboral e impositiva, a lo que podría sumarse alguna otra sorpresa. Allí es donde habrá que probar la eficacia de este nuevo esquema de poder y mecanismo de toma de decisiones, ante un tema -la reforma laboral- siempre muy sensible. Por ahora, la versión final del proyecto es manejada con recelo por Sturzenegger, el más radicalizado partidario de la desregulación, pero ya los grandes lineamientos que se conocieron anticipan un arduo debate, como quedó en evidencia durante las últimas sesiones del Consejo de Mayo. ¿Habrá espacio para que los aliados y espacios dialoguistas expresen matices y propuestas de modificación?, ¿se abrirá el debate al mundo sindical? Todos interrogantes que irán despejándose al calor del verano 2026. Lo cierto es que al Gobierno se le acaban las excusas: la “nueva” etapa le exige al oficialismo que haga sus deberes, dejando atrás improvisaciones, errores no forzados, internas inconducentes y posturas maximalistas. La hora de la verdad se acerca, y la responsabilidad es toda de un oficialismo que tiene nuevamente los “astros alineados” y disfruta de un panorama envidiable: respaldo electoral, musculatura legislativa, una oposición muy golpeada y carente de nuevos liderazgos, el inédito apoyo de los Estados Unidos e, incluso, un clima regional que parece virar masivamente hacia la derecha. Sin excusas ni posibilidad de asignar la responsabilidad de la situación al kirchnerismo u otros riesgos difusos, el Gobierno no solo se enfrenta al desafío de conseguir aprobar la agenda de reformas estructurales a la que se comprometió tanto con sus socios externos como con su propio electorado, sino de conseguir que más temprano que tarde haya un impacto sobre la golpeada economía real. Así las cosas, aún con reformas estructurales y viento a favor, resulta difícil pensar que la estabilización macroeconómica y financiera tenga un efecto automático y directo sobre la producción, los salarios, el empleo y el consumo. De hecho, en el marco donde los efectos de la segunda recesión en dos años se combinan con la apertura indiscriminada, hay nuevos indicadores que dan cuenta de impactos negativos en el consumo y el empleo, a la par que se conocen ya algunos cierres en el complejo industrial. En este sentido, si la “lluvia de inversiones” finalmente llega y se enfoca en aquellos rubros de escasa mano de obra intensiva que parecen priorizarse en el acuerdo comercial con Estados Unidos, como la minería o la energía, y no va acompañada de una política industrial que busque mejorar la competitividad de las empresas locales y que proteja a las PyMES que aportan la mayoría del empleo nacional, difícilmente llegará el escenario de prosperidad que mesiánicamente anuncia Milei.

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