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Parana » Analisis Litoral
Fecha: 30/11/2025 00:52
La decisión del Consejo Provincial del Partido Justicialista de Entre Ríos de apartar de sus cargos a Carolina Gaillard y Carina Domínguez no solo profundizó las tensiones internas: dejó expuesto, sin anestesia, un deterioro que muchos dirigentes se niegan a admitir. No se trata de dos sanciones aisladas; es la radiografía de un partido que hace años se cerró sobre sí mismo, perdió legitimidad y viene vaciándose a paso firme, mientras una parte de la dirigencia se aferra a cargos como si nada hubiese pasado. Las críticas no tardaron en llegar. Para la militancia, la medida contradice el derecho constitucional de participación política y confirma algo que se murmura hace tiempo: el PJ entrerriano fue clausurado para que “los mismos de siempre” sigan repartiéndose lugares aunque las urnas les griten derrota tras derrota. El disciplinamiento interno —selectivo, tardío y oportunista— desnuda una contradicción brutal. Se sanciona a quienes compitieron por afuera porque por adentro el partido no les permitió competir. La misma estructura que hoy invoca la disciplina es la que impidió internas en 2025, concentró decisiones en una mesa mínima y acumuló fracasos electorales sin un solo ejercicio de autocrítica. Para la militancia crítica, el mensaje es claro: en el PJ entrerriano, participar tiene castigo. Lejos de reconstruirse, el partido avanza hacia un encierro que parece pensado para garantizar supervivencias individuales más que para representar a la sociedad. Militantes y referentes advierten que la conducción repite la fórmula que ya fracasó: restringir debates, excluir disidencias y evitar cualquier renovación real. El riesgo ya no es solo electoral. El verdadero problema es el vaciamiento político: un movimiento que se achica, que pierde militantes, que no atrae nuevas generaciones y que parece cada vez más desconectado de la realidad entrerriana. La contradicción con la Constitución Nacional es evidente. Los partidos deben funcionar democráticamente, pero el PJ entrerriano penaliza a quienes buscan participar por fuera mientras impide participar por dentro. Ese cortocircuito institucional erosiona la legitimidad de cualquier sanción y, peor aún, cuestiona el sentido mismo de la estructura partidaria. Si la participación se castiga, ¿qué queda de los valores del peronismo? La respuesta incomoda: queda muy poco. La doctrina peronista, esa que se recita en actos pero no se practica puertas adentro, se vuelve un espejo incómodo. Soberanía política, independencia económica y justicia social son los pilares fundantes, pero hace años que buena parte de la dirigencia los redujo a slogans vacíos. Se habló del pueblo, pero se gobernó de espaldas al pueblo. Se nombró a la doctrina mientras se hacía exactamente lo contrario de lo que esa doctrina propone. Y entonces aparece un concepto brutal, que explica más que cualquier análisis doctrinario: “la gilada”. Durante años, muchos dirigentes se refirieron así a la militancia cuando las cámaras estaban apagadas. La misma militancia que caminó barrios, colgó banderas, puso tiempo, cuerpo y convicción. La misma que vio cómo algunos dirigentes pasaban de vivir modestamente a volverse ricos inexplicables, incapaces de mirar a los pobres sin tragarse la culpa. El peronismo prometió felicidad, sí, pero esa felicidad jamás fue estructural ni sostenible: fue un relato administrado mientras la pobreza crecía sin pausa. Y la militancia se fue dando cuenta. El derrumbe interno se profundizó cuando el dedazo reemplazó a la dinámica política real. Las unidades básicas dejaron de ser espacios de formación; pasaron a ser oficinas vacías o meras escenografías. La lapicera sustituyó el voto interno, las servilletas reemplazaron a los afiliados y la militancia quedó reducida a un recurso descartable que solo se convoca cuando hay que llenar una foto. Mientras tanto, la franja joven —18 a 29 años— marcó un quiebre definitivo. Son los que protagonizaron el cambio nacional, los más refractarios a la corrupción y al viejo orden político, los que ya no aceptan estructuras cerradas ni dirigentes enquistados en cargos eternos. Para esa generación, el PJ entrerriano es hoy un organismo envejecido, desconectado, incapaz de leer el clima social. Y lo dicen sin rodeos: si pudieran, sacarían a patadas a quienes consideran responsables del deterioro moral y político del partido. Peor aun , tambien quienes les robaron hasta las esperanzas !! El PJ entrerriano está en una encrucijada histórica. Si la conducción insiste en el cierre, en la disciplina selectiva, en negar la autocrítica y en ignorar la doctrina que dice defender, el partido corre el riesgo de perder algo mucho más profundo que una elección: puede perder su razón de ser. El país cambió. La sociedad cambió. La juventud cambió. El PJ todavía no. Y la militancia —esa a la que durante años llamaron “la gilada”— ya no está dispuesta a mirar para otro lado. Alejandro Monzón para https://www.analisislitoral.com.ar/ Share and Enjoy ! Shares
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