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  • Alma en pena

    » El litoral Corrientes

    Fecha: 29/11/2025 19:57

    Cuando una persona tiene una mala muerte que no se resigna a aceptar no hay Novena que lo salve, ni rezo de otro tipo o rito funerario que lo calme; busca respuestas, se pregunta “¿Por qué a mí?” La naturaleza es la que decide cuánto viajarás por este plano, no hay religión que te salve del final que te toque, pasarás al otro barrio chamigo. El sobrenombre de esta alma en pena era Araña. Muy cercano a mí, murió sufriendo casi sólo, mientras sus hijos estaban lejos, su esposa visitaba hogares vecinos dándole al chisme, algunos dicen flirteando preventivamente en caso de vacancia de marido –A rey muerto rey puesto dice el refrán–; el hombre se consumía en los brazos de una enfermedad incurable, fatal. Sólo uno muy allegado al Araña lo acompañaba mañana y tarde hasta el anochecer. Escuchaban la radio, conversaban, en suma se entretenía, pero se quejaba: “No voya ver crecer a mis hijos, no me ocupé de mis padres como debía”. Vale decir: hacía la lista de las cosas que él consideraba negativas pues no tenía alternativa, estaba encerrado en el último tramo de su viaje por la vida. Su acompañante el Japo lo contradecía, advirtiéndole que así era la vida, que sus padres lo estaban esperando dichosos del otro lado del portal. Él gemía y sollozaba expresando: “No es así, no hay nada en ninguna parte, es falso, mentiras de la gente”. Una de las tantas mañanas que pasaban juntos, escuchaban la radio, él sentando en la cama –el único lugar donde podía estar en los últimos días de su padecimiento de improviso le expresó a Japo: “Me voy chamigo, me voy, veo sombras que me llaman...”. Tras eso se reclinó para partir al otro mundo, o donde sea como refería el pobre enfermo convertido en cadáver. Su único acompañante le tomó el pulso, no tenía, colocó el espejo en la nariz y no había vapor alguno; lentamente con lágrimas que surcaban su cara se retiró, dándole indicaciones a la empleada para que buscara a su patrona por el pueblo para avisarle que su esposo estaba muerto. Costó encontrarla, la charla estaba interesante al parecer, vaya a saber dónde. Ni bien llegó a la vivienda después de una hora, el amigo se retiró sencillamente, en silencio abrumado por el dolor. Su entierro fue sencillo, concurrió mucha gente porque él era muy querido en el lugar. Sin embargo su tumba humilde en la tierra pocas veces visitada, salvo por una muy amiga, además de su amigo el Japo, goza del abandono de los olvidados, tirados al ostracismo de la memoria. Mucha gente del pueblo que lo respetaba, quería al hombre por solidaridad, son quienes le suelen limpiar la tumba, le llevan flores; pero de sus familiares sólo una de sus hijas lo extraña y lo demuestra, los demás están ocupados en las cosas mundanas, sigue el corso de contramano. El asunto es que conversando con el Japo me expresó que soñaba mucho con él, como si quisiera hablarle, decirle algo, pero no lo entendía. Lo mismo ocurría con su compañera de vida, los sueños eran cada vez más potentes, digamos por usar un vocablo que se acerque a la realidad. Me regalaron una fotografía en la que aparecemos juntos con otras personas, la coloqué en un lugar visible y le enciendo una vela cada vez que vengo al lugar, ya no lo hago tan seguido, los años pasan, me piden un poco de reposo, aun así su recuerdo es perenne. Hace muy poco estaba hablando con una amiga que posee capacidades diferentes, que capta energías disímiles a las comunes que forman parte de nuestra existencia. Yo también lo hago por eso no me sorprende, concebimos un universo que posiblemente no es el mismo que el de otros del común denominador, vivimos en un paisaje imaginado, construido desde nuestra perspectiva en que aceptamos la existencia de espíritus que nos rodean, es probable que no sea así para muchos, sin embargo creen en el Juicio Final, etc. Durante la charla con esta amiga, raudo observo que coloca sus manos como suele hacerlo cuando va entrar en contacto con alguien del otro lado, siento, percibo la misma señal, ambos al unísono miramos hacia una escalera caracol que se encuentra en el lugar. Allí una figura incorpórea se trata de plasmar, se dibuja, desdibuja a la vez, no logra su objetivo, ante la eventualidad considerando que no es maligno lo ayudamos a cruzar el portal. Confuso, el espectro se sienta en uno de los escalones de la escalera caracol, mira sorprendido alrededor, no se ubica, pregunta dónde está, observa con curiosidad todo lo que le rodea, fija su mirada metálica en la dama, no la conoce, luego se enfoca en dónde estoy sentado y me mira fijamente, hablo expresándole que está entre amigos, conoce mi voz y fisonomía, interroga dudando: “¿Polaco?” Respondo: “Sí soy yo no temas estás entre amigos”. “Dónde estoy”, interroga de nuevo. “En mi espacio amigo, no en el tuyo no te asustes queremos escucharte”. Duda un largo tiempo, nos mira, “a ella no la conozco”, expresa. “Es una amiga, una buena amiga te va ayudar”. “¿Es verdad que estoy muerto...?” “Sí lo estás”, respondo con dulzura, comprendiendo su desorientación. “Mis padres están muertos”, inquiere. “Sí, ¿no recuerdas sus velorios?” repregunto. Mueve la cabeza en forma negativa. Insisto: “Por qué no estás con ellos”, curioseo. “Me llaman pero les digo que no estoy muerto, me desespera, floto en lugares que no conozco, cuando advierto la luz que me guía con una paz infinita, me aparto del camino, no quiero... no estoy muerto”, dice. Ante tamaña confusión le expreso con la calidez que sale del corazón: “Debes hacerlo, ese camino es el tuyo además va a ser el de todos los que vivimos en este espacio, tarde o temprano Araña”. Queda en silencio sentado en el escalón de la escalera, se desdibuja y dibuja de nuevo, le cuesta estar en este barrio, tiene fuerza. Como si desconfiara de mí se dirige a la muchacha, la interroga: “¿Mis padres estarán enojados conmigo?” afirma más que pregunta cómo sorprendido, la joven con serenidad y experiencia contesta: “Nunca jamás, son buenos espíritus, están fallecidos como vos”. Lo ayuda recomendándole que recuerde los momentos hermosos que vivió con ellos, se toma de la cabeza, se esfuerza, luego comienza a reír: “Sí pasé con ellos maravi- llosas vivencias cómo olvidarlas”. Tercio: “Sí es verdad, fueron seres espléndidos es por eso que quieren que estés con ellos”. “No... no”, repite como negando la posibilidad, “yo no estoy muerto, quiero ver a mis hijos”, insiste. Le aclaro: “Tus hijos están bien tienen su vida, son felices”. “Será, será”, casi grita con la voz hueca de los fondos intrincables del vacío. “Nunca me visitan en el cementerio”, cuando expuso esto por poco se disuelve, pero retorna con fuerzas con nuestra ayuda. “No vienen a casa, está vacía”. Como no tengo idea de esos hechos asumo que debo expresar la verdad: “No sé amigo, si tú lo dices...” como dudando de sus asertos. “Está vacía te digo yo veo, yo puse todo allí, ladrillo por ladrillo, planté los árboles, construí un rancho en el fondo, hice hacer un pozo ciego para el baño, me acuerdo bien. Ah... alambré todo el perímetro”, continuó murmurando palabras inconexas que no entendemos. Observando su obsesión, pregunto: “Si lo que dices es verdad por qué no tratas de comunicarte con ellos”. Inmediatamente contesta: “Me bloquearon, tuve tres, cuatro hijos, o cuántos” interpela curioso. “Ah no sé, dime tú”. “No me acuerdo” indica. Sigo: “Posiblemente cuatro o cinco pero uno no tiene tu apellido, más no sé cuántos más por ahí”. Sus ojos bruñidos de acero esbozan una risa: “Ja, ja vaya uno a saber, es la vida”, repite sin convicción. Vuelve como si nada hubiera entendido, nos pide: “Si ves a mis padres diles que me perdonen, a mis hijos que me visiten”. “Discúlpame –respondo– Tú puedes comunicarte con ellos por medio de los sueños o acumula energías, preséntate ante ellos y diles directamente”. Y como metiendo púa, le pregunto: “¿No te interesa tu esposa?” Mueve la cabeza de color mortecino: “Déjame, esa mujer antes que me pierda porque me perdí ¿no? Anduvo en amores con un enemigo mío ¿o no?” Me tomó desprevenido, no conozco el tema y respondo: “No sé, tú sabrás”. Suplica: “Ayúdenme, tengo que volver, tengo que volver”. “No podemos”, manifiesta mi amiga para calmarlo, pero no se tranquiliza y continúa insistiendo obstinadamente, ni siquiera esboza una sonrisa, en cambio su rostro adusto muestra enojo, no sabe ni quiere aceptar que está muerto, cesa en su terquedad. Nos mira en vacío acerado. Lentamente se va diluyendo tal como vino: “No estoy muerto sólo de viaje ya vuelvo”, se pierde en la noche de los tiempos. Fue una experiencia muy triste para nosotros nos dejó abrumados, cansados, es posible que regrese si es que sus padres no lo convencen, porque a terco no le gana nadie al hombre perdido en lo que da llamarse el limbo o, cualquier otra denominación que le pongamos. Esperamos que siga la luz. Unos días después me llama la hija menor, que es la que lo recuerda en la tierra en que está enterrado, me dice que una sombra la asustó, que se presentó frente a su casa, “creí que era papá, luego se diluyó”. Para no asustarla le cuento parte de mi experiencia con mi amiga, no toda, puedo generar pavor en ella, le recomendé un vaso de agua, un cirio frente a la foto. Si vuelve que le hable, le explique que está en otro plano, que en éste murió, que sus intentos de volver no son buenos porque está enojado y puede resultar pasto de algún espíritu maligno que mal lo aconseje, y puede hacer daño. Ella a su vez como al pasar me comentó que a sus hermanos y madre los asustó, corporizándose ante ellos pero con una cara que arrojaba rayos refulgentes, la viuda casi se desmayó. Así terminó la charla, prometimos rendirle homenaje, guiarlo hacia la luz eterna del universo que lo reclama. Sigo con la costumbre de encender cirios al amigo, rogando que lo lleven al espacio astral que le corresponde junto a sus padres.

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