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» Elterritorio
Fecha: 29/11/2025 10:22
sábado 29 de noviembre de 2025 | 6:00hs. El Paraná a finales del siglo XIX y durante el XX se destacó por su bravura para la navegación, incluyendo el gran Salto Apipé, remontar este río requirió de baqueanos expertos y corajudos, más que conocedores, verdaderos “arandú” de los recovecos y mañas del “pariente del mar”. Sapiencia puesta a prueba en cada creciente, en cada tormenta, en cada viaje. Prueba de lo indómito de las aguas fueron los numerosos naufragios, muchos más que los habitualmente recordados; la tradición perpetuó a dos de ellos: el voraz incendio que consumió al vapor Villafranca, en medio del Paraná, frente a la Colonia Hohenau -Paraguay-, el 4 de junio de 1934 donde perecieron ochenta personas, y el hundimiento de la lancha de bandera paraguaya Pirizal, un 8 de enero de 1973, provocado por una explosión que generó un incendio en la embarcación, frente a la zona denominada El Laurel, de la ciudad de Posadas, treinta y nueve personas murieron y varias continúan desaparecidas. La lancha prestaba servicio nocturno gratuito a las personas que concurrían al Casino de la ciudad de Encarnación, era aprovechado el viaje por otros vecinos y vecinas para regresar a Posadas después de visitas familiares; en las primeras horas de aquel lunes, la lancha zarpó desde Pacú-Cuá con “tiempo feo”, sin lluvia y a los pocos minutos se produjo la primera explosión que provocó el desenlace final rápidamente, fueron auxiliados de inmediato, pero poco se pudo hacer. Este siniestro marcó un punto de inflexión en la navegación fluvial del Litoral. A decir verdad, otros barcos sucumbieron en el Paraná, vamos a recordar al Vargas Gómez, colapsó el domingo 2 de febrero de 1936, a las 18.30, en la zona denominada Cancha Picardía, en el trayecto Ituzaingó-Posadas. En el río se denomina “cancha” a un sector ancho y despejado del curso de agua, con buena visibilidad -en condiciones de tiempo óptimas-, se suele utilizar el término “espejo” como descripción metafórica. Según crónicas de entonces la causa fue una mixtura entre sobrecarga y el oleaje del río, catorce personas murieron aquella tarde: Blanca Alcira Carrera de 21 años, Fernando Adolfo Herrera de 7, Juan Giliberti de 20 años, Antonio Lescano de la misma edad, Victoria y Teófilo Lucasevich, Francisco Medina de 35 años, Manuel Mora de 32, Adelina Gumersinda Morales de 7 años, José Alejandro Ricci de 27, Alberto Rolón, Ramón Salgado de 30 años, Rubén Darío Sánchez de 16 y una persona de sexo masculino, adulto que no pudo ser identificada. A esta espantosa lista se sumaron cinco personas más en calidad de desaparecidas, cuyos nombres también eran desconocidos. Muchos de los nombrados eran vecinos posadeños y la tragedia conmocionó a la región, especialmente, porque la noticia se conoció recién cuarenta y ocho horas después del suceso, cuando el barco Gabriel D’Annunzio arribó al puerto capitalino y comunicó la novedad. Pasados los primeros momentos de sorpresa, una mezcla de ira, indignación y angustia se apoderó de los lugareños, los agentes representantes del Vargas Gómez en Posadas nada habían hecho por averiguar la causa de la demora en el arribo de la embarcación, la Subprefectura de Posadas y la Ayudantía de Ituzaingó tampoco hicieron algo al respecto, ni inmediatamente después del hecho, a pesar de contar con servicio de telégrafo y teléfono, ni después de varias horas. Informado el gobernador misionero Julio Agustín Vagnasco de la tragedia, personalmente, encabezó la búsqueda y rescate de los cuerpos siniestrados -de acuerdo a los medios de entonces- esta decisión permitió recuperarlos y que la cifra de desaparecidos en esas circunstancias haya sido la menor posible. Los periódicos y emisoras radiales de aquellos días, realizaron una cobertura exhaustiva del hecho, durante varias semanas; las primeras conclusiones “oficiales” ratificaron la hipótesis de sobrecarga de la bodega y proa de la embarcación combinado con un oleaje de importantes dimensiones del Paraná “muy picado”; en ese momento se hablaba también de un “hecho delictivo” por haberse burlado los controles correspondientes, desde el armado mismo de la embarcación, generalizando sobre varios acontecimientos similares; que el Vargas Gómez había zarpado sin la cantidad suficiente y reglamentaria de salvavidas y botes salvavidas, por ende se hacía imprescindible investigar el grado de responsabilidad institucional en el siniestro. Se especuló con la redacción de una carta al Ministro de Marina de entonces para solicitarle “justicia”, con una protesta popular de los sectores afectados en la plaza 9 de Julio, se realizó una sentida ceremonia en el Puerto local, en memoria de las personas no rescatadas, que incluyó ofrendas florales depositadas en el agua, mientras la Banda Municipal de Música ejecutaba la Marcha Fúnebre de Chopin. En tanto, litros de tinta se ocuparon del análisis e investigación periodística, horas de micrófono de la única radio posadeña mantenían vívido el desgraciado hecho; en los hogares de Titinita Morales, Rubencito Sánchez y Fernandito Herrera –los tres niños fallecidos– la congoja ante tamaña pérdida no cedía, y a decir verdad nunca pasó… El tiempo, mal amigo pero buen maestro, hizo el resto; lentamente cubrió con un manto de olvido tanto dolor y las pérdidas de vidas… nunca se esclareció el hundimiento del Vargas Gómez. ¡Hasta la semana próxima!
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