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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 29/11/2025 06:41
Cristina Kirchner El peronismo sufre una expoliación semántica. No es culpa de nadie y es responsabilidad de todos. Eso consiste en una sustracción sutil pero implacable que va quitando el significado auténtico de las palabras y que al ser aceptada por casi todos, termina otorgando el monopolio casi absoluto del sentido, la esencia y la representación identitaria a una parte sobre el todo. Es un escamoteo lingüístico que no solo altera el lenguaje sin que reconfigura el poder, el reconocimiento y las pertenencias. En la retórica se llama metonimia cuando una palabra o concepto es sustituido por otro y en la semiología se habla de sinécdoque que es cuando se aplica al todo el nombre de una parte. Tomar el todo por la parte o la parte por el todo es un juego de espejos que distorsionan la proporción y la jerarquía de un colectivo. Estas variaciones filologías que reemplazan la verdad primigenia de las palabras, pueden redirigir el flujo de una expresión, desviando su contenido original hacia un nuevo cauce, que adopta otro sentido. Puede parecer un detalle insignificante, pero en política es mucho. La repetición e insistencia de algo, termina erosionando aún a las estructuras más fuertes. El peronismo es más que cualquiera de sus partes. Claro que aquellos que toman al peronismo como adversario o enemigo siempre mostraron interés en asignarle motes que subjetivan lo general, reduciendo un vasto y contenedor universo a las dimensiones de facciones o individuos de menor envergadura. Así, empequeñecen el todo, al trasladar la identidad colectiva a sujetos parciales, fragmentarios y, sobre todo, provisorios que no alcanzan a abarcar la magnitud del conjunto. Vayamos al peronismo y digamos que estas formas, adquieren peligrosidad cuando son aceptadas por mayorías circunstanciales, por conveniencia de coyuntura o por simple inercia, por las propias “víctimas” de esta usurpación semántica. Los propios perjudicados en un acto de capitis deminutio privilegian la parte sobre el todo y aceptan una identidad menguada que les conviene en el momento pero que erosiona la integridad mayor. Es la parte sobre el todo. A mi juicio, tres categorías internas han experimentado en mayor medida estas variables lingüísticas y políticas: el vandorismo, el menemismo y el kirchnerismo. No implica esto que existieran tres peronismos distintos, ni una superación dialéctica de la identidad mediante hegemonías transitorias que dominaron formas y discursos en etapas específicas. Estas tres corrientes internas sujetaron las riendas desde la conducción del Partido Justicialista (PJ), moldeando el contenido peronista del verbo, del discurso y de la acción. En el apogeo de su poderío, detentaron la articulación institucional del PJ, la potestad de seleccionar candidaturas y la capacidad de imponer su narrativa dominante. Era el todo subsumido en las partes, la identidad mayor diluida en facciones hegemónicas. Pero esta sustitución etimológica, al no ser correcta ni sostenible in eternum, siempre llega a un final, especialmente cuando su persistencia, con o sin justicia histórica, perjudica al conjunto. Así ocurrió con el menemismo, cuya denominación devino en adjetivación descalificativo, un estigma que hizo olvidar aquella rutilancia que supo tener. Y así está ocurriendo con el kirchnerismo, que bien podría nominarse cristinismo, dada la preeminencia de Cristina Fernández de Kirchner en su configuración reciente; sin embargo, el denodado esfuerzo de adversarios y enemigos persiste en anclarlo al patronímico derivado de Néstor Kirchner. Y acá no se trata de disminuir afectos históricos ni quitar trascendencias pasadas, sino de recuperar identidades más fuertes y más convocantes. Este debate debe elevarse al podio de las discusiones imprescindibles. Recuperar el todo del peronismo no es mero capricho nominalista; representa un salto cuali-cuantitativo de proporciones transformadoras, que debiera interesar a sus millones de seguidores. Separar las subjetividades parciales fortalecerá una objetividad mayor, o al menos una comunidad más amplia e inclusiva. El peronismo, en su esencia integral, convoca lo que ninguna línea interna, por influyente que sea, puede lograr por sí sola. Ese es el quid de hoy. Y hallará mejor respuesta en un espacio que recupere su nombre propio, su integridad semántica y política. Notoriamente se va mostrando que no es el kirchnerismo, aunque muchos guarden por Néstor Kirchner el recuerdo, que en virtud de su temprano fallecimiento es una evocación invicta y respetuosa, por su gobierno entre 2003 y 2007, y muchísimos peronistas reverencian su aporte esencial a la revitalización del movimiento en aquellos años duros del 2000, cuando la política y el propio PJ estaban más cerca del arpa que de la guitarra, al borde del abismo. No es el kirchnerismo, y debieran aceptarlo, aunque a muchos les parezca herético, porque es la forma, entre otras de dejar de achicar la identidad colectiva. Por eso tengamos claro: “¡Es el peronismo, bolú!”
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