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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 28/11/2025 20:44
Antes un papel valía porque existía un Estado capaz de respaldarlo. Hoy la confianza migra hacia infraestructuras digitales “La moneda es un acto de imaginación colectiva”, escribió Keynes. Y hoy esa imaginación está siendo reescrita a una velocidad que los Estados no logran acompañar. La inteligencia artificial, las criptomonedas y la digitalización total de la economía no son simples innovaciones: configuran un nuevo orden cultural que desafía el corazón mismo del contrato social. Por primera vez desde la modernidad, la actividad económica comienza a funcionar por fuera de la arquitectura estatal que la sostuvo durante dos siglos. El billete, ese objeto tan simple como cargado de simbolismo, pierde su cuerpo. Y con él, su relato. Antes un papel valía porque existía un Estado capaz de respaldarlo. Hoy la confianza migra hacia infraestructuras digitales, algoritmos y plataformas que operan sin fronteras ni bancos centrales. La IA automatiza decisiones antes reservadas a instituciones humanas; las criptomonedas producen valor sin necesitar autoridad pública alguna. El dinero deja de ser una promesa política para transformarse en movimiento puro: datos en circulación. En medio de esta transición, resuena la frase de Rosalía: “No me da miedo morirme, me da miedo vivir con miedo.” Resume el clima emocional de un tiempo que avanza más rápido que nuestra capacidad de entenderlo. El temor ya no proviene de la economía, sino de la pérdida de sentido. ¿Qué implica trabajar cuando una IA puede imitar o superar nuestras capacidades? ¿Qué significa ahorrar cuando la moneda ya no tiene cuerpo? ¿Qué supone ser ciudadano cuando la identidad se desdobla en bases de datos privadas? ¿Y cuánto vale tu trabajo —cuánto valés vos— cuando la inteligencia deja de ser exclusivamente humana y puede replicarse sin límite? Argentina ofrece un ejemplo revelador. Uno de los países con mayor informalidad adoptó, sin intervención estatal planificada, un sistema de pagos digital que transformó la vida cotidiana. Fue Mercado Pago —no el Banco Central— quien impulsó la mayor revolución financiera reciente: millones de personas empezaron a operar sin efectivo. La tecnología ocupó un espacio que el Estado nunca logró cubrir, generando una moneda de facto dentro de otra en crisis. Y frente a ese desplazamiento silencioso, la pregunta deja de ser retórica: ¿qué poder real posee hoy en el sistema financiero una plataforma privada que modificó las reglas sin pedir permiso? China representa el camino opuesto. Allí, Estado y tecnología se integran en WeChat, donde pagar, tributar, conversar o solicitar crédito sucede dentro de un mismo ecosistema. El dinero como dato no emancipa: ordena, disciplina, clasifica. Si Argentina digitalizó por necesidad, China lo hizo por control. En ambos modelos, el billete físico pierde relevancia. Europa, en cambio, intenta resistir. Alemania conserva el efectivo como refugio político. Para los alemanes, el papel moneda simboliza privacidad, autonomía y un límite frente al avance simultáneo del Estado y de las plataformas tecnológicas. El efectivo no es nostalgia: es defensa de la intimidad económica. El futuro ya llegó. El desafío de los Estados no es resistir, sino acompañar la transformación del sistema económico-financiero global. Requiere comprender la economía del dato, la nueva materia prima que estructura la riqueza, el poder y la desigualdad. Necesita profesionalizarse, anticipar riesgos, diseñar regulaciones inteligentes y proteger a los sectores más vulnerables. Todo esto mientras el sector privado innova, escala y redefine las reglas a una velocidad que las instituciones públicas aún no pueden igualar. Pero la fractura no es solo institucional: es, sobre todo, una crisis de fe. Una generación dejó de encontrar en las instituciones el lugar donde se resguarda el sentido del mundo, y en ese vacío floreció la sensibilidad libertaria de esta industria: rechazo al poder central, exaltación de la autonomía radical y desconfianza de toda intermediación. Ese humus cultural permitió la irrupción de Milei. No surgió de la política tradicional, sino del derrumbe simbólico de la confianza colectiva. Su “populismo libertario” expresó un deseo de ruptura antes que de representación. Al asumir el poder, no reformó el sistema: lo tensionó desde adentro, mostrando que la crisis argentina no era administrativa, sino espiritual. Y ahí la conexión con el imaginario de esta industria es evidente: ambos fenómenos nacen de una sociedad que dejó de creer que el Estado pueda garantizar un horizonte y que se aferra a la promesa —a veces ilusoria— de una libertad absoluta. Estamos viviendo una transición en la que billetes, instituciones y certezas se desintegran al mismo tiempo. La política deberá construir un nuevo relato que sostenga la confianza colectiva en un mundo donde la economía ya no tiene cuerpo y la inteligencia ya no es exclusivamente humana. En este escenario emerge una verdad contundente: quien domine el lenguaje de la inteligencia artificial —el arte del prompt— controlará también la productividad, el valor y la influencia global. En el siglo XX el poder pertenecía a quienes manejaban la industria; en el XXI lo tendrán quienes sepan dialogar con la inteligencia que organiza esa industria. El prompt es el nuevo capital simbólico, la alfabetización estratégica del futuro. Quienes lo dominen llegarán a la cima. La moneda seguirá siendo un acto de imaginación colectiva. La cuestión es quién escribirá esa imaginación: los Estados, las corporaciones tecnológicas o los algoritmos que diseñamos para simplificar la vida y que ahora reconfiguran el mundo. Y como advierte Jackson Lamb, el personaje más lúcido de Caballos Lentos: “En este negocio, lo único peor que no ver venir el desastre es no entenderlo cuando ya lo tenés enfrente.” La política, si quiere sobrevivir, deberá empezar a comprenderlo.
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