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  • “Ahora tengo el pelo largo, por los hombros”: adelanto de “Los nuevos”, la nueva novela de Pedro Mairal

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 30/08/2025 10:41

    “Los nuevos” /(Emecé) la nueva novela de Pedro Mairal El escritor argentino Pedro Mairal presenta una nueva novela que explora el paso de la adolescencia a la adultez en Buenos Aires. Desde los puntos de vista de tres jóvenes, la obra se adentra en los vínculos, las pérdidas y las transformaciones que atraviesan quienes empiezan a construir su identidad en una ciudad atravesada por contrastes. Los nuevos, publicada por Emecé (Planeta), narra la experiencia de Thiago, Pilar y Bruno, tres amigos que experimentan rupturas, duelos familiares y desafíos emocionales mientras buscan su lugar en el mundo. El relato describe el esfuerzo de adaptarse a nuevas realidades y sostiene la tensión entre pertenencia y desapego, ante un entorno donde los adultos aparecen distantes o en conflicto con sus propios hijos. Con el trasfondo de los lazos de amistad y el impacto de las ausencias, Pedro Mairal vuelve a la novela tras el éxito de La uruguaya. Su abordaje de temas universales como la identidad y el deseo propone un retrato contemporáneo sobre una generación que, ante la incertidumbre, sostiene sus vínculos como única certeza. Nacido en Buenos Aires en 1970, Mairal saltó a la fama con su novela Una noche con Sabrina Love, que recibió el premio Clarín en 1998 y fue llevada al cine. Publicó además las novelas El año del desierto y Salvatierra, el volumen de cuentos Breves amores eternos, y los libros de poesía Tigre como los pájaros, Consumidor final y Pornosonetos. En 2013 publicó la novela en sonetos El gran surubí. Sus crónicas y columnas están reunidas en Maniobras de evasión y Esta historia ya no está disponible. Se ha traducido a más de catorce idiomas. Pedro Mairal vuelve a publicar una novela luego del éxito de "La uruguaya" (Foto: EFE) A continuación, un fragmento de Los nuevos: Me llamo Thiago Vinter. Mi mamá se murió el año pasado. En unos días cumplo diecinueve y estoy casi seguro de que nadie va a venir para mi cumpleaños a visitarme. Las únicas dos personas que me gustaría que vinieran son mi amigo Bruno, que se mudó a la Era del Hielo, y mi hermanito Vini, que no va a venir si no lo traen porque tiene apenas cinco años. Ese sería un comienzo esperanzador para el cuaderno. O quizá mejor empezar con el viaje del último verano. Empezar justo ahí con la brigada antinarcóticos de la provincia apostada en medio del campo en la ruta 3. Con perro antidrogas y todo, frenando algunos ómnibus y autos según una mezcla de azar y olfato policial. Este sí, este no. Este sí, este sí. Este no. Y ese último, al que dejan pasar de puta casualidad sin revisar, éramos nosotros en el Megane gris de mi viejo. Yo vi eso por la ventana y me puse pálido. O podría empezar con una especie de dibujo como una infografía del diario: en la ruta nuestro auto dibujado transparente y con flechas que salen de la familia sonriente y de los objetos que llevamos. Primero: al volante, padre (52 años); de copilota, novia del padre (43 años); atrás, hijo mayor del padre (18), hijo menor del padre (5). En el baúl: sombrilla, pelota, inflador, sillas playeras, una linterna con panel solar. Bolsa con alimentos no perecederos para veinte días en un lugar sin heladera. En la valijita de ella, bikinis, un vap de cannabis, algodón, tampones, un libro de yoga, un bolsito con protector solar y dos pomos de gel íntimo, un dildo negro que va a hacer vibrar la cabaña como una obra en construcción. En el bolso del padre, ropa, talco, un speedo de natación que no va a usar porque está medio panzón, varios blísteres de Viagra que levantan hasta la barrera del peaje, una gorra de Columbia University, lugar que no pisó en su vida, un Kindle que le va a durar la primera semana y después no va a poder recargar, un libro de un neuroantropólogo sobre el inminente apocalipsis de la humanidad. La mochila de mi hermanito con un peluche de un dragón negro, otro de una tortuga y otro de un delfín, una palita metálica de jardinería que yo le regalé porque las de plástico se le rompían, un gorro de marinero y una caja de marcadores de colores. Mi bolso con ropa y con una larga soga náutica azul que le estaba llevando a Aguirre para que haga sus trenzas. Mi mochila negra inseparable con una batería cargada extra para que me dure más el teléfono, una lata de Nescau brasilero con suficientes cogollos para hacer levitar a un equipo de la NBA, minibolsitas con ziploc para venderlos por unidad, auriculares y una bolsa de Musimundo con el alma de mi mamá ahí dentro. La bolsa secreta. ¿Qué lleva ahí, joven? Cosa mía. Y empezar así la historia, con la imagen del auto esquivando controles policiales, avanzando a 120 kilómetros por hora rumbo a una playa al sur de la provincia de Buenos Aires. Los cielos enormes, porque las nubes eran como montañas esa mañana. El campo gigante casi ni se veía, parecía un plano verde vacío. Y arriba, todo cielo. Cada tanto Vini decía: ¡Molino! Teníamos una vieja competencia a ver quién encontraba más molinos por la ruta. En general me gana porque no se distrae. Yo me cuelgo pensando cosas y me salgo del juego. Cuando yo tenía la edad de Vini, o más, mamá estiraba el brazo hacia el asiento de atrás y me acariciaba la cabeza. Yo me quedaba dormido, o simulaba que dormía y los escuchaba hablar. La forma en que mamá me pasaba la mano por el pelo. A veces me decía Triguito. Me lo decía solo a mí. Era mi apodo secreto. De chico yo era más rubio. Pero ahora me dejé el pelo largo. No me lo corto desde que terminé el colegio. Tengo el pelo por los hombros. De mí siempre dijeron: Salió a la madre. A una amiga de mis viejos una vez la escuché decir cuando yo me alejaba: Se le transparenta la mamá. No quiso ser ofensiva, creo, pero me destruyó. Soy flaco, poco deportista, descoordinado. En el colegio por suerte muy pronto me exiliaron de rugby a vóley. Se te cayó, Thiago, me decía señalando el piso uno más grande que yo que iba en el ómnibus al campo de deportes. Yo miraba. ¿Qué se me cayó? Una plumita. Un día me vi a mí mismo en un video riéndome en un cumpleaños y me dio una vergüenza horrenda. No me di cuenta de que me estaban grabando. Vi que en el video me reía tirando la cabeza para atrás y para un costado y cerrando los ojos, igual que mamá. Qué nenita, pen- sé. ¿Me río siempre así? Me odié. A los trece o catorce traté de hacer todo un trabajo de enderezarme, como de fosilizar las articulaciones, las muñecas, el cuello. Agravé la voz, evité cualquier gesto delicado. Me volví más lento, inexpresivo, medio robot. Miraba a los más aplomados de la clase, cómo se movían, cómo se sentaban. Los copiaba. Una vez alguien me hizo un comentario y yo le pegué un chirlo en el hombro con la mano hacia abajo y se me cagaron de risa. ¡Le pegaste como pega mi hermana! Logré borrar bastantes gestos, pero algunos afloraban. Si me pasaba mucho tiempo entre chicas, me soltaba de nuevo. Así uno o dos años. Después dejó de importarme tanto. Bruno era mi amigo y con algunos otros formábamos un grupo de invisibles en la clase. Tramábamos cosas, las sugeríamos. Los grandotes las llevaban a cabo. Una vez le dije a uno que se llamaba Lovric: ¿Viste que si abrís la puerta del todo y la levantás, se sale de las bisagras? Por supuesto que la sacó y la dejó apoyada. Nos sentamos todos esperando al profesor. Lo vimos aparecer del otro lado de la ventanita de vidrio, tocó el picaporte, la puerta se vino abajo en cámara lenta, el vidrio estalló. ¿Quién fue? Nadie. Antes de llegar a Necochea, frenamos en medio de la nada, en la misma estación de servicio de siempre, que papá sabía que tenía los baños bastante limpios y donde había un perro negro sentado al sol que se dejaba acariciar. Parecía más viejo y destartalado, pero ahí estaba. Cuando me muera quiero reencarnar en perro de estación de servicio. Ver pasar las familias apuradas, los camioneros vaciando el mate, la gente que baja del ómnibus acomodándose la ropa. Deambular por los alrededores entre la chatarra, correr liebres, comadrejas. Dormir mucho. Años durmiendo. —¿Cómo se llama? —me preguntó Vini. —No sé, preguntale vos. —¿Cómo te llamás? El perro bostezó. —Sueño, se llama —le dije. —Hola, Sueño —le decía Vini, y lo acariciaba. El perro cerraba los ojos, sabía todo, ya había aprendido el secreto del universo y se lo había olvidado. —No lo dejes tocar el perro, ahora hay que lavarle las manos —dijo papá. Fuimos con Vini al baño. Papá y Side Boob nos esperaban ya subidos al auto. Side Boob había comprado para todos unas galletas de chocoarroz, una especie de corcho con falso chocolate, que se suponía que teníamos que aceptar como si fuera la golosina más deliciosa del quiosco. Ni Vini se las comía. Bruno la bautizó Side Boob a la novia de papá. Se llama Mónica y ya no es la novia, es la pareja, la mujer, no sé cómo llamarla. Es la mamá de Vini. Y a partir de este verano me va a odiar, me va a tener miedo y supongo que un poco de razón tendrá. Bruno me hizo notar que ella siempre está mostrando los costados de las tetas. Se pone unas musculosas, unas remeras abiertas, unos vestidos y hasta bikinis que dejan ver mucha teta lateral. Teta lateral operada. Bruno siempre encuentra el sobrenombre exacto. Y lo usa por primera vez con toda naturalidad, como si vos ya lo hubieras escuchado. ¿Van con Side Boob a La Lobería? ¿Quién es Side Boob? ¿Cómo quién es Side Boob? Side Boob. ¡Ah! Side Boob, sí. Y te das cuenta de que siempre se llamó Side Boob, lo que pasa es que vos no lo sabías. A papá se le ocurrió poner música. Ese suele ser un momento bastante temido en el auto. Cualquier playlist de mi viejo incluye las dos canciones más deprimentes de la historia de la humanidad: Creep y On Melancholy Hill. La de Radiohead tiene un momento al minuto uno, cuando están por cantar el estribillo y estalla un sonido horrible, como si se cayera un parlante, dos o tres veces, fuera de tiempo. Es el instante exacto en que se rompió la música del mundo. Se hizo trizas el clavicordio de Mozart y la música siguió sonando por pura inercia. Pero ya está, ahora lo que escuchamos es la banda sonora del final de los tiempos, la cajita de música pisoteada por la bestia. Y la canción de Gorillaz. Bueno. No la quiero ni pensar porque se te pega sin escucharla. Mi papá fue joven en los noventa, no tiene la culpa. La playlist de Side Boob es mucho peor: dubstep, música de gimnasio, de propaganda de bebidas isotónicas. La mejor es la de Vini: María Elena Walsh. Así que, con la idea democrática de elegir una canción cada uno, te quedaba el cerebro hecho puré. Radiohead, después un punchi punchi dinámico, después la Tortuga Manuelita y en mi turno no les tuve piedad: Alfredo Zitarrosa. Para que esa melancolía uruguaya de traje marrón y corbata de nudo ancho les vaya aflojando la alegría a todos. Zitarrosa en la ruta. Lo mejor del mundo. Me gusta la arqueología musical, descubrir cosas antediluvianas y sacarlas en la guitarra. Bruno se caga de risa de que me guste Zitarrosa. A mí me fascina el vozarrón, las guitarras con mucha púa y alguna en la que suenan violines suicidas. El violín de Becho. Tomá. Se te hace de noche el alma en pleno día de sol. Y después estuve medio turbio. La segunda vez que me tocó a mí elegir canción mandé al gran Chico Buarque de mamá. O que será que será, que anda suspirando pelas alcovas, que andam sussurrando em versos e trovas… Papá se la aguantó toda. Desde el asiento de atrás lo vi secarse una lágrima. Después dijo: Bueno, pongamos otra cosa. Me arrepentí, pero ya estaba. Paulina María Costa Bixú. Pau. El fantasma de Pau. ¿Venía cuidando el auto por la ruta? Paulina, Thija del embajador Mario Costa Bixú y de Bernarda Guste Ferralba, pernambucana de nacimiento, criada en Río, en Montevideo, en Buenos Aires. Paulina, mamina fina, con tu túnica naranja, ¿venías flameando detrás del auto?, apartando conductores veraneantes distraídos que se acercaban de frente, despertando camioneros dormidos que nos pasaban a medio metro, invisibilizando el auto para el escuadrón antinarcóticos, despejando la ruta de caballos sueltos, de vacas, de cubiertas reventadas, dejando que apenas se nos cruce en el camino alguna libélula que quedaba enganchada en la parrilla del auto, haciendo un ruidito seco con el viento, algún bicho amarillo reventado contra el parabrisas, cuidando a tu ex, a la mujer de tu ex, que va poniendo música mala y podría haber sido amiga tuya porque eras amiga de todos, cuidando a tu hijo y al otro hijo de tu ex, mi hermanito, mi hermanastro, mi hermanoide.

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