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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/08/2025 04:45
Una columna blindada de fuerzas del Tercer Reich avanza hacia Polonia, desencadenando la guerra en Europa. (Bettmann Archive) Fue una gran masacre, planificada centímetro a centímetro, basada en una gran mentira, en una operación de inteligencia burda y grosera, que le dio a Adolf Hitler la oportunidad de vengarse del Tratado de Versalles, que juzgaba ignominioso para Alemania, de iniciar la conquista de lo que llamaba “espacio vital” para su nación que se extendería siempre hacia el Este, de invadir Polonia, lanzar una gran matanza y destruir gran parte de ese país en un avance que sería arrollador y que, cuando llegara el momento, llegaría hasta Moscú. Esa ambición que no podía admitirse ahora porque Hitler y Stalin eran aliados. También esa gran masacre hizo estallar la Segunda Guerra Mundial, que se inició gracias a esa gran mentira. El 31 de agosto de 1939, hace ya ochenta y seis años, un grupo de “polacos nacionalistas” atacó la radio de Gleiwitz, una localidad fronteriza que hoy se llama Gliwice, que había sido incorporada al imperio alemán junto con Prusia en 1871. Los comandos entraron a sangre y fuego al edificio e irradiaron en polaco: “¡Atención! Esto es Gleiwitz. La emisora está en manos polacas”, un mensaje antialemán: una acción casi de guerra en manos de saboteadores polacos. No era verdad. Ni polacos, ni nacionalistas. Eran todos alemanes; un grupo de agentes que lideraba Alfred Naujocks, un oficial de las SS a órdenes de Reinhard Heydrich, mano derecha de Heinrich Himmler, el poderoso jefe de las fuerzas especiales nazis. Habían preparado una puesta en escena brutal, pero que iba a convencer a la población de que los polacos habían atacado al Reich. Habían llevado con ellos a Franz Honiok, un agricultor nacionalista de cuarenta y tres años al que habían detenido un día antes; lo vistieron con un uniforme polaco, lo arrastraron hasta la emisora de Gleiwitz drogado y nada más llegar le pegaron un balazo. Los SS estuvieron apenas quince minutos en la radio, para emitir su proclama antialemana, que por un desperfecto se escuchó en forma parcial, y antes de marcharse subieron el cadáver de Honiok a la sala de transmisión y tomaron las fotos que los periódicos de Berlín publicarían para demostrar la “invasión polaca a Alemania”. Hitler ya tenía una excusa para invadir. Los agentes alemanes hicieron algo más para dar veracidad a su farsa. Fusilaron allí a varios prisioneros del campo de concentración de Dachau, el primero de los campos nazis instalado en Alemania, y desfiguraron sus rostros para evitar su identificación: los habían vestido con uniformes polacos para simular una dura batalla por la conquista de la radio. Con extraña clarividencia, el jefe de propaganda del Reich, Joseph Goebbels, difundió las versiones de unas “escaramuzas fronterizas en Gleiwitz”, de las que culpó a Polonia. Todo obedecía al plan de Hitler que ese mismo 31 de agosto había firmado la Directiva de Guerra I que fijaba las órdenes del ataque alemán a Polonia en la madrugada del 1 de septiembre: fueron entregadas en mano a sus destinatarios, que las recibieron solo doce horas antes del falso ataque polaco. Los nazis habían concentrado, además, gran cantidad de tropas en la frontera con Polonia, un secreto que tuvo patas cortas: el 28 de agosto, tres días antes del falso ataque polaco a la radio alemana, la periodista británica Clare Hollingworth, del Daily Telegraph, que viajaba en tren de Polonia a Alemania, vio el gran acantonamiento alemán y escribió un artículo que se publicó al día siguiente en Londres y anticipó de alguna forma la invasión. Vista de la estación de radio de Gliwice, donde Hitler montó un falso ataque polaco, el 31 de agosto de 1939, que utilizó para justificar la invasión de Polonia. (DPA/Picture Alliance via Reute) Hitler estaba obsesionado con lo que llamaba “tierras alemanas” en el Este de Europa, territorios que o bien habían pertenecido al imperio alemán, o eran tierras habitadas en su mayor parte por alemanes. Cuando terminó la Primera Guerra, Alemania fue obligada, entre otras cosas, a renunciar a todo tipo de pretensión sobre tierras polacas, tal como exigía el Tratado de Versalles; el tratado establecía también algún tipo de excepción sobre la ciudad y el puerto de Danzig, que quedó definida entonces como Ciudad Libre de Danzig, amparada por la Sociedad de las Naciones. En noviembre de 1937, en pleno auge del Reich y cuando ya sonaban los tambores de guerra en Europa, Hitler reunió a su entonces ministro de Exteriores, Konstantin von Neurath, a su ministro de Guerra, general Werner von Blomberg y a los principales jefes militares para establecer la política exterior del Reich que debía asegurar el “espacio vital”, la conquista de mayor territorio, que el Führer juzgaba indispensable para la supervivencia alemana. En esa reunión, Hitler exhortó a dar solución al drama de las poblaciones germanas fuera del territorio alemán y declaró que sus prioridades eran Austria y Checoslovaquia. No lo dijo, pero la tercera prioridad era Polonia. Nada era nuevo. Hitler lo había puesto todo por escrito, claro y transparente, incluida la destrucción de los judíos europeos, en 1926 cuando escribió su biblia personal, Mein Kampf (Mi Lucha), que ayudó a redactar y a transcribir su entonces mano derecha y luego jerarca del nazismo, Rudolf Hess. En marzo de 1938 Alemania anexó Austria a su territorio —Hitler era austríaco— ante la pasividad de Gran Bretaña y de Francia que seguían una política de “apaciguar” al monstruo. Un año después, en marzo de 1939, Alemania, Francia y Gran Bretaña firmaron el Pacto de Múnich que le permitió al Führer ocupar Checoslovaquia. Y desde abril de 1939, acaso antes, el Reich iba por Polonia. Sólo que ahora, británicos y franceses habían anunciado que ayudarían a los polacos si eran invadidos por Alemania. O Hitler estaba convencido de que, pese a sus anuncios, Francia y Gran Bretaña no se movilizarían por Polonia, o le importó nada el anuncio de ambas naciones: ansiaba el puerto de Danzig, la ciudad que tenía un noventa por ciento de habitantes alemanes y que había sido desgarrada por Versalles. Alfred Naujocks, oficial de las SS que formó parte de la farsa que dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial El 23 de agosto de 1939, ocho días antes de la farsa de la radio alemana y nueve días antes de la invasión a Polonia, Alemania firmó un pacto de no agresión con la Unión Soviética. Lo refrendaron los cancilleres Joachim von Ribbentrop y el ruso Viascheslav Molotov. La increíble alianza entre Hitler y Stalin convenía a los dos dictadores. Stalin también quería poner fin a la Europa diseñada por Versalles y expandir su propio imperio: su bocado también se llamaba Polonia. Una cláusula secreta de ese pacto especificaba el reparto entre los dos países de los territorios soberanos de Estonia, Finlandia, Lituania, Polonia y Rumania. Apenas dos años después, la invasión alemana a la Unión Soviética, en el verano de 1941, no sólo iba a dejar a Stalin mudo y paralizado por la sorpresiva traición de Hitler: también iba a convertir en cenizas ese tratado de no agresión. Pero en 1939 Alemania y Rusia sí se repartieron Polonia. Las actas del juicio de Núremberg en 1946, mostraron que los planes alemanes secretos de invadir y destruir Polonia ya estaban en marcha en abril de 1939, cinco meses antes del ataque. El 3 de ese mes, el Alto Mando emitió una “Directiva para las Fuerzas Armadas 1939/40”. Allí había una orden expresa de Hitler. Decía: “Se han de hacer los preparativos de tal forma que se pueda llevar a cabo la operación Fall Weiss – Caso Blanco”. Era el nombre secreto de la invasión a Polonia. Ocho días después firmó una nueva orden dirigida a los Estados Mayores que mencionaba “los preparativos que se han de hacer (…) para llevar a cabo la guerra”. Los objetivos eran defender las fronteras alemanas y anexionar Danzig. El 23 de abril, en uno de sus habituales arranques de impaciencia, el Führer expresó su deseo de “atacar Polonia en cuanto sea posible” y ordenó al mariscal Wilhelm Keitel, que coordinaba las tres fuerzas armadas, que enviara al Estado Mayor los planes de la operación “Fall Weiss” no más allá del 1 de mayo. Hitler hizo algo más ese día: ordenó que esos planes fueran secretos incluso para sus aliados italianos y japoneses. El 28 de abril, en un discurso ante el Reichstag, Hitler exigió la restitución de Danzig a Alemania. También envió un memorándum al gobierno polaco en el que exigía la construcción de una carretera y de una línea ferroviaria, extraterritoriales ambas, que unieran a Danzig con Alemania. El gobierno polaco aceptó construir la carretera, pero no el ferrocarril y, mucho menos, ceder Danzig. La tensión diplomática se agravó. El 15 de junio, el Estado Mayor Alemán tuvo listo el plan de invasión y diseñó unas sorpresivas maniobras militares de verano para concentrar tropas en la frontera. Las tropas alemanas avanzan dentro de Varsovia después de los bombardeos. (Bettmann Archive) Días antes del incidente en la radio de Gleiwitz y de la posterior invasión, Hitler ya la había anunciado a la cúpula del ejército a la que dejó bien claras cuáles eran las intenciones de la operación “Fall Weiss”: “Aniquilación de Polonia en primer término. No tengan piedad. Actúen con brutalidad”. El jefe del espionaje alemán, almirante Wilhelm Canaris, que al final de la guerra, el 9 de abril de 1945, terminaría sus días en un campo de concentración por conspirar contra Hitler, quiso precisiones porque: “(…) En Polonia se planearon abundantes fusilamientos y el exterminio de la nobleza y el clero”. Recibió una lacónica respuesta del mariscal Keitel, que terminaría colgado en Núremberg por criminal de guerra en octubre de 1946: “Esa cuestión ya ha sido decidida por el Führer”. Los dos jefes militares intercambiaron mensajes el 12 de septiembre, once días después de iniciada la Segunda Guerra y cuando Polonia padecía ya diez días de fusilamientos masivos. Entre los jefes militares que doce horas antes del incidente en la radio alemana recibieron en mano las órdenes secretas de invadir Polonia, estaba el capitán de navío Gustav Kleinkamp, comandante del acorazado Schleswig-Holstein, un buque escuela de la Armada alemana que había atracado en el puerto exterior de Danzig el 25 de agosto. En su interior albergaba a una fuerza oculta de doscientos veinticinco comandos de la Marina al mando de un teniente de navío. La orden que Kleinkamp tenía en su mano especificaba: “Y= 1.9.0445”. El día del ataque sería el 1 de septiembre a las cuatro y cuarenta y cinco de la mañana. A las cuatro cuarenta y siete de esa madrugada, las cuatro piezas de artillería de 280 milímetros junto con las cinco piezas de 150 milímetros, abrieron fuego contra la fortaleza polaca de la península de Westerplatte, a la que solo defendían ciento ochenta hombres. Fueron los primeros disparos de la Segunda Guerra Mundial. Una hora después, las tropas alemanas arremetían entusiastas contra las barreras que marcaban la frontera oeste con Polonia, tomaron varias fotos que hicieron historia, y se transformaron en la vanguardia de las fuerzas nazis. Al mismo tiempo, carreteaban en sus aeropuertos parte de los mil quinientos aviones que bombardearon las principales ciudades del país, incluida su capital, Varsovia. Eran Messerschmitt B 109, Dornier D, Heinkel 111 y, en especial, Junkers JU 87, los famosos Stuka, capaces de bombardear en picada. Después de una furiosa resistencia, heroica pero inútil, en la que la caballería polaca arremetió a caballo y con lanzas contra los tanques nazis, Polonia capituló pasado un mes, el 6 de octubre: setenta mil soldados habían muerto y ciento treinta y cuatro mil habían quedado heridos; las muertes entre los civiles llegaban a doscientas mil, la destrucción en las ciudades era impresionante. Para el martirizado país empezaba un espantoso calvario. Los nazis, a través de los “Einsatzgruppen”, sus escuadrones de la muerte, lanzaron una campaña de ejecuciones masivas de judíos y nacionalistas y eliminaron a la vanguardia intelectual del país: profesores, sacerdotes, escritores, artistas y a todo aquel que ejerciera una profesión liberal. El 17 de septiembre, según el pacto que mantenía con Alemania, la URSS también invadió Polonia por la frontera oriental y se adueñó de las provincias del este. Los soviéticos se encargaron de eliminar a la élite política y militar polacas: solo en la matanza de los bosques de Katyn, entre abril y mayo de 1940, fueron ejecutados veintidós mil oficiales de las tropas que habían capitulado ante los soviéticos. Cuando la guerra terminó, después de casi seis años, habían muerto más de seis millones de ciudadanos polacos, casi la mitad de ellos judíos, en los campos de exterminio nazis instalados en el territorio ocupado. Erwin von Lahousen, un general del ejército alemán que se oponía a Hitler, declaró en el Juicio de Núremberg y desentrañó las mentiras con que los nazis dieron comienzo a la Segunda Guerra Mundial. (Grosby) Después de la guerra, y durante el noveno día del juicio de Núremberg, la farsa armada por los nazis para invadir Polonia y destruirla quedó al descubierto. La reveló el general alemán Erwin von Lahousen, que se había opuesto a Hitler: nunca fue nazi, ni sintió admiración alguna por el Führer. Por el contrario, había sido un miembro de la resistencia y había complotado para asesinar al caudillo alemán. En 1939, von Lahousen era jefe de la Sección II del espionaje que dirigía Canaris, encargada del sabotaje. Fue interrogado por el coronel John Harlam Amen, un oficial de inteligencia de Estados Unidos a quien von Lahousen le reveló que el ejército le había pedido ayuda para una llamada “Misión Himmler”, que iba a desarrollarse en Polonia. Le pidieron uniformes de soldados polacos: “(…) El asunto sobre el que ahora doy testimonio es una de las acciones más misteriosas que tuvieron lugar en el Amt Ausland-Abwehr. Unos días, o un poco antes, creo que fue a mediados de agosto, (…) la División II, recibió la tarea de proporcionar uniformes y equipamiento polaco, como tarjetas de identificación, etcétera, para una “Misión Himmler”. Esta solicitud (…) fue recibida por Canaris de parte del Estado Mayor de Operaciones de la Wehrmacht (…) Era, sin duda, una orden sobre la cual nosotros, los jefes de división interesados, ya teníamos algunas dudas sin saber lo que significaba en última instancia. El nombre Himmler, sin embargo, hablaba por sí solo. (…) Entonces desconocíamos el verdadero propósito. Aún hoy no conocemos sus detalles. Todos nosotros, sin embargo, teníamos la sospecha razonable de que se estaba tramando algo totalmente torcido; el nombre de la misión era garantía suficiente para ello. (…) Canaris nos informó que personas de los campos de concentración habían sido disfrazadas con estos uniformes y habían recibido la orden de atacar militarmente la estación de radio de Gleiwitz. (…) Hablé luego de ello con un capitán de las SS (…) Le pedí detalles sobre lo que había sucedido. El hombre, que se llamaba Birckel, me dijo: ‘Es extraño que incluso nuestros círculos se hayan enterado de este asunto mucho más tarde, y sólo por insinuación’. Y añadió: ‘Hasta donde yo sé, incluso todos los miembros de los campos de concentración que participaron en esa acción fueron eliminados, es decir, asesinados’. Eso fue lo último que supe de este asunto”. Dos días después de la invasión a Polonia, el 3 de septiembre, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. El mundo estaba en llamas.
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