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  • Con el Dúo Dinámico por la calle Judíos en un Mercedes descapotable

    » Diario Cordoba

    Fecha: 30/08/2025 02:24

    Imagen de Manolo y Ramón, el Dúo Dinámico, durante una actuación. | EFE A mi amigo Alfredo Asensi, cronista de festivales de Sanremo en Radio Popular En mi otra vida –mediados de los años sesenta– conocí y escuché al Dúo Dinámico en el desaparecido coso de Los Tejares, donde ahora se alza el mastodonte de El Corte Inglés. Al igual que sigue ocurriendo hoy en la plaza de Los Califas, los toros –qué locura la irrupción de El Cordobés con su flequillo de rebeldía– alternaban con espectáculos musicales. Uno de ellos fue protagonizado por el Dúo Dinámico, cuyas canciones radiaban las emisoras a todas horas y encabezaban los hit parade, como decíamos entonces. España despertaba de su aislamiento cultural y la música ligera, aún no llamada pop, era punta de lanza de la modernización, con la irrupción de Elvis Presley, Los Beatles, los Rolling Stones y una pléyade creciente de artistas que irían desplazando a las melodías italianas que llegaban del festival de Sanremo (ejemplo, Volare, 1958, aún viva) y formaban parte de nuestra educación sentimental. Decía que conocí y escuché al Dúo Dinámico. Era yo entonces un joven aspirante a periodista y trabajaba en una emisora de radio, La Voz de Andalucía, Buen Pastor 4, lo que me permitió acudir al ruedo con un magnetófono portátil colgado al hombro para entrevistarles. Llegué temprano, cuando Manolo de la Calva probaba la megafonía lanzando guiños vocales de canciones americanas. El recital desató el entusiasmo, e incluso la histeria en las primeras filas, de una muchachada mayoritariamente femenina. Allí estaban las quinceañeras, aquellas chiquillas que el Dúo retrataba como divinas, colosales y con una mirada «que nadie puede aguantar». Euforia, deleite y escándalo, todo en uno. Al término de la actuación pude conversar con Manolo y Ramón en el espacio habilitado como camerino bajo el graderío, sencillos y afables en la distancia corta, mientras un policía del servicio de seguridad preparaba la salida de los cantantes por una puerta secundaria para esquivar a la masa de fans que los esperaban ante la puerta principal, la misma por la que salían a hombros los toreros triunfadores. Se alojaban en el hotel Córdoba Palace y permanecieron aquí hasta el día siguiente. Tuvieron el detalle de invitarme a comer y les sugerí que lo hiciéramos en El Caballo Rojo, que ya empezaba a despuntar gracias al emprendedor Pepe García Marín, aunque sus instalaciones eran insuficientes. Estaba situado en la calle Deanes, en lo que había sido una bodega de los Cruz Conde, con una puerta secundaria que daba a la calle Romero. Nos instalaron en un comedor de la planta alta a los tres solos. Y a la hora de elegir menú aconsejé el típico salmorejo, tan refrescante en verano, y rape en salsa tártara, plato habitual en la carta de entonces. Entre plato y plato me contaron que enseguida volarían a las Canarias para intervenir en la película Escala en Tenerife, con Ethel Rojo. No eran buenos actores, hay que admitirlo, aunque sí prodigaron sus canciones en la banda sonora, cómo no. Lo mejor vino antes de la comida. Acudí al hotel a la hora convenida y aunque la Judería y el restaurante están a dos pasos, pretendían desplazarse en automóvil, un Mercedes deportivo blanco y descapotable, quizá para esquivar el asedio de fans que salieran al paso, dada su notable popularidad. Me permití desaconsejarles el coche pero se obstinaron, así que penetramos con el vehículo por la Puerta de Almodóvar y seguimos por la angosta calle Judíos, donde al percatarse de su estrechez optaron finalmente por dar marcha atrás; mientras tanto, se corrió la voz en el entorno y empezaron a acudir, como moscas a un panal, muchachas del barrio para pedirles autógrafos. Ni Manolo ni Ramón llevaban encima plumas ni bolígrafos, así que les presté el mío, un modesto Bic, para que complacieran a aquellas fans. Fue la anécdota de la jornada, que dejó un rastro de amistad efímera, prolongada en una tarjeta postal que recibí desde Tenerife, aunque no sé si eso lo he soñado, porque no la encuentro. Sí conservo sus discos comprados en Miloga, que eran imprescindibles en los guateques, la ocasión habitual de ligar entonces e incluso iniciar noviazgos formales. Ha reactivado mis recuerdos la muerte del extrovertido y simpático Manolo, cuya canción Amor de verano se inicia con palabras premonitorios: «El final del verano llegó / y tú partirás…». Pero nos quedan sus canciones.

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