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  • ¿Se puede jugar al fútbol en medio de una guerra? Si, se puede

    Parana » AnalisisDigital

    Fecha: 04/04/2025 01:52

    Por José Luis Lanao (*) La civilización se basa en la palabra, pero la convivencia, esencia de la civilización, se basa en el silencio. El filósofo alemán Martín Heidegger justificó el nazismo como un “destino del ser”, una coartada que eximía de cualquier responsabilidad personal. Por el contrario, Jürguen Habermas, cuyo padre había sido un destacado colaborador nazi, era partidario de que sí había habido una culpa colectiva. Una culpa que, al menos, tenía que solventarse con un reconocimiento público. Habermans se apoyaba en “La cuestión de la culpa”, de Karl Jaspers, que se posicionó claramente contra la negación de una responsabilidad colectiva que facilitaba la evasión “a aquella mentira vital que hace creer que uno no ha obrado erróneamente en ningún momento en condición de individuo singular, es decir, de no haber sido autor sino víctima de la situación”. Para Jaspers, en la culpa política de un Estado criminal son colectivamente responsables todos los miembros de ese Estado. ¿Qué nos diría Jaspers hoy sobre la responsabilidad política de la sociedad argentina en la guerra de Malvinas? “Sin la conciencia de una responsabilidad colectiva no sería posible reconstruir una sociedad enferma”, diría. La ética no está donde se la espera, sino donde se la busca. En esa necesidad por perpetuar lo profundamente innecesario, en el año de la guerra queríamos cosas ligeras. Distraernos. Distraer es el verbo más certero para definir el momento. Preferíamos estar distraídos. ¿Cabe preguntarse, si es moralmente ético distraerse viendo y jugando al fútbol en medio de una guerra? Para Jaspers seguramente no. Para nosotros, sí. El 2 de mayo de 1982 el ARA General Belgrano era hundido por las fuerzas británicas en aguas del Atlántico Sur, con el resultado de 323 fallecidos. A nosotros, la catástrofe nos sorprendió en pantaloncitos cortos, entrenando. Unos días después nos enfrentábamos a Quilmes por los cuartos de final del campeonato Nacional. Habíamos eliminado a Independiente, y Santa Fe estaba de fiesta. La cancha de Unión amaneció festiva, y horas después explotaba más allá de sus costuras, pero un 1-1 escaso nos llevó a definir la clasificación de visitante. El delirio nos hizo creer que estábamos “ganando” la guerra y casi el campeonato. Tendimos a creer que la realidad era esa cotidianidad en la que vivíamos, abierta y comprensible, con una guerra que habitaba lejana en lo más hondo de un mar distante. La gente viajaba, fichaba en sus trabajos, paseaba por los parques, compraba en los supermercados, iba al cine, a la cancha, a comerse una pizza. Todo se jugaba en la política de las emociones, en un esfuerzo continuo por construir la impostura. Hubo que descolonizar muchas mentes que fueron abolidas por decreto. Entre “caños”, gambetas, “gurkas”, frío, hambre, y degollados a orillas de las playas, me complace imaginar que esas vidas también albergaban muchos sueños. Necesitamos comprender cómo somos mirándonos en el certero espejo de lo que fuimos. Revisitar el pasado, sentir de nuevo lo que un día sentimos, y repasar la vida con los ojos de entonces. Comprender que todo saber es una duda, y que puede haber engaño en lo que somos, olvido de lo que hemos sido y negación de lo que podemos ser. Lo que nos sobra es pasado, futuro es lo que nos va faltando. (*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979

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