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» Derf
Fecha: 03/04/2025 23:28
La furia me atraviesa. La rabia debe ser mi «alter ego», ese otro yo que aparece con sus propias reglas, burlándose de mis intentos de ser racional. ¿Quién soy realmente? ¿La que explota como un volcán o la que se queda juntando las cenizas después? En el clímax de mi arrebato, sentí el vértigo de la presión cayendo al subsuelo, mi pecho oprimiéndose como si el mundo entero conspirara contra mí. Pero también estaba esa chispa de poder: mi mirada incendiaria que fulminaba al más valiente, al más guapo, al más tonto que se atreviera a cruzar mi camino. Sí, lo disfruté, lo admito. Pero cuando la tormenta pasa y el reflejo del espejo me devuelve mi versión más diminuta, me pregunto si valió la pena tanto fuego para quemarme a mí misma. Creo que lo mejor sería salir a caminar, toparse con unas hojitas de tilo y hacerlas té, quizás, o con algunas flores de manzanilla. De esas había en la primera casa donde corría y saltaba con otras nenas de mi edad. Cuando terminábamos de jugar, nos tirábamos en ronda y apostábamos con los ojos llenos de esperanza, quién sería la primera de nosotras en salir. Jadeábamos y nos corríamos el pelo de la cara mientras entre todas gritábamos nombres. Cuando el mío se escuchaba, yo pasaba de la felicidad absoluta de imaginarme el momento donde me llamaran “hija”, a la tristeza infinita de dejar a mis amigas atrás. Era ahí cuando me ponía a arrancar las florecitas y armaba ramos, y cuando los movía se desprendía ese aroma a calma, que era todo lo que necesitaba. Un día jugando a la mancha con Iris, la directora me interrumpió para presentarme a mis papás. Corrí al encuentro de ellos con la inocencia de un niño y los abracé. No fue recíproco. Ese es el último recuerdo que tengo de mi primera casa. El siguiente, es el de un departamento sin patio, ni pasto, y mucho menos, flores. Fue el lugar donde más cemento y paredes vi en mi vida. Cuando tuve edad suficiente, pedía para ir a dar una vuelta sola y el roce de mis yemas sobre toda la ciudad era mi momento de felicidad. Pasaba siempre por la puerta del Hogar y me sentía más encerrada en mi nueva vida que ahí adentro. Una sola cosa era mejor: Estela, mi madrina. Cuando tenía un mal día, subía los dos pisos que me llevaban hasta el séptimo, le golpeaba la puerta y ahí empezaba nuestra rutina de juegos y peinados. A veces éramos interrumpidas por Federico, su hijo. Su cara de nada y su presencia me incomodaban. Nunca entendí cómo algo tan insulso salió de ella. Estela enseguida volvía la mirada hacia mí y con ese gesto yo comprendía que, también para ella, solo existía yo. Llegaba la noche y nos acostábamos juntas en su cama matrimonial mientras tomábamos un té. No cualquier té, uno de manzanilla. El vaporcito subía hasta mi nariz y sentía que había estado esperando ese momento durante todo el día. Mis manitas abrazaban la taza y mis hombros se encogían. Sentía paz. Siempre pienso que el abrazo de una madre debe sentirse parecido. Por unos segundos, estaba todo bien. Mientras vienen y van recuerdos a mi mente, me acuerdo que estoy enojada y vuelvo a enojarme. Ahora pienso porqué no ir a buscar esas benditas flores, armar un ramito y meterlas en un jarrón o revolearlas antes recordando mi estado. Salgo de casa proponiéndome ser una ciudadana civilizada, de esas a las que todo el mundo quiere pero la primera persona que veo es a la zopenca de mi vecina, que no tiene mejor idea que preguntarme cómo estoy. ¡¿Cómo quiere que esté?! El sol en mi cara más mi gesto de odio, ayudaron a que se diera la media vuelta y volviera a su vida ridícula… porque seguro que la tiene. Si fuera interesante no me estaría preguntando cómo estoy, eso está claro. Ya no recuerdo para qué salí a caminar, solo entiendo que es mi único método de supervivencia y sigo caminando por inercia. No veo los semáforos, ni los autos, ni me interesa qué está pasando a mi alrededor, pero escucho mis pasos pesados, como si tuviera plomo en vez de zapatillas. Ahí está, ya me acordé. Estoy yendo a buscar flores. Seguro que acá a la vuelta encuentro algunas. Doblo en la esquina y mientras Cora barre inútilmente la vereda, me saluda muy alegre ella. Ese optimismo es lo último que necesito en este momento. ¡Y las encontré! La ignoro mientras las miro y decido cuántas llevarme. Pienso que, si me llevo varias como para un ramito, se me acaba el paseo. Este pensamiento ya me está empezando a molestar. Pruebo si la hermana de mi papá tenía razón: cuando uno está enojado, es mejor ir al agua. Pero el arroyo me queda lejos y me da miedo matar a alguien en el camino, a ver si voy en cana por culpa de un zángano. Aunque bueno, puedo intentarlo. Lo de llegar al arroyo, no lo de ir en cana. Llego al arroyo, ramo en mano, me saco las zapatillas y meto los pies en el agua. Su temperatura hace que se me escape un insulto y el señor que está al lado mío, me mira como si fuera la RAE con patas. Miro el agua y pienso en la pavada tremenda que estoy haciendo pero ahí estoy, envuelta en aroma de manzanilla, tratando de calmarme, aunque queriendo meterle el ramo donde no le da el sol a mi espectador. Claramente la hermana de mi papá no tenía razón. Salí del arroyo con los pies congelados y gritándole a un gil que me había mirado por haber insultado. Irónico cómo con una mano uno puede sostener un ramo, y con la otra, puede alzar el dedo mayor. En el camino de vuelta, pierdo toda esperanza de volver a estar calma pero hago un último intento eligiendo una torta en la panadería más cercana. Le pido dos veces a la chica que me atiende que me dé la de manzana. Me mira como si le hubiese pedido que me explicara la Teoría de la Relatividad en Chino y salgo indignada, por supuesto. A esta altura tengo en mente otro plan: llegar a casa y ubicar el ramo en un jarrón, a ver si eso me calma. Pasaron muchas cosas hoy; me parece que a la vecina le importa un pito cómo estoy, me acuerdo y apreto algunos tallos; la voz de Cora en mi cabeza con esa escoba que se la partiría en la cara hace que deshoje algunas de las flores, que ya no me parecen tan lindas; puedo ver todavía al señor del arroyo y termino de arrancar todos los pétalos, tan subnormales ahí prendidos; y a los señores que me fueron a buscar al Hogar y a Federico, otra vez veo esa cara detestable mientras tiro el ramo y lo piso, y… Texto: E. Marilyn Aguirre. Más de… Marilyn Aguirre: https://derf.ar/el-peso-del-vacio-de-marilyn-aguirre/
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