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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 02/04/2025 02:45
Marcia Marchesotti a bordo del buque Río Cincel (Foto/Libro “Malvinas, 40 años". Editorial TAEDA) “La lucha ahora es cuerpo a cuerpo”. La primer oficial escuchó esa frase y no pudo seguir transcribiendo los mensajes que recibía en código morse. Pensó en sus compañeros, aquellos con los que había compartido algunos días en el buque carguero Río Cincel, y sintió que no daba más. La cabina de radiocomunicaciones, esa que funcionó como un cable a tierra con lo que sucedía en las islas Malvinas durante el combate, de pronto se transformó en una jaula. Empujó la puerta y salió corriendo hacia su camarote. No tenía fuerzas para comunicar esa novedad al resto de la tripulación, como hacía a diario. Dos días después de aquel episodio, el general argentino Mario Benjamín Menéndez presentó la rendición ante el comandante de las fuerzas terrestres británicas Jeremy Moore. Cuatro décadas más tarde, sentada en uno de los sillones del living de su departamento, ubicado en el barrio porteño de Villa Crespo, Marcia Marchesotti evoca aquella escena y todavía se le eriza la piel. El tono de su voz, grave y profundo, se agudiza. “Cuando abro la cajita de los recuerdos de Malvinas me quiebro. Me cuesta mucho esa parte”, dice la egresada de la Escuela de Náutica Manuel Belgrano, ahora abogada, que integra la lista de las 13 veteranas que participaron de la guerra, junto a Marta Beatriz Giménez, Graciela Liliana Gerónimo, Mariana Florinda Soneira, Olga Graciela Cáceres, Doris René West, Susana Maza, Silvia Barrera, María Marta Lemme, Norma Navarro, María Cecilia Richieri, María Angélica Sendes y María Liliana Colino. Aunque argumente tener un perfil bajo, el silencio es la forma que encontró para no exponerse, para que cada uno de sus recuerdos quede inmaculado en su memoria. En 2022, su historia fue una de las 22 que se plasmaron en las páginas del libro “Malvinas, 40 años. Testimonios sobre la guerra del Atlántico Sur” (Editorial TAEDA). Allí se animó a hablar por primera vez de su antes, durante y después de Malvinas. A continuación, el reportaje que brindó a esta periodista. Hoy, Marcia tiene 64 años y vive en el barrio porteño de Villa Crespo(Foto/Fernando Calzada) —¿Cómo era tu vida antes del 2 de abril de 1982? —Para hablar del 2 de abril de 1982 necesito contextualizar. Nací en Capital Federal, pero me crie en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires, en el seno de una familia naval. Cursé el secundario en un colegio de monjas y, cuando egresé, me preparé para entrar como azafata a Aerolíneas Argentinas. Pero, en paralelo, salió el curso para mujeres de la Escuela Nacional de Náutica. “Una cosa es un trabajo y otra cosa es una carrera”, pensé y me anoté en la carrera de Radiocomunicaciones. Junto a otras mujeres, creo que éramos 16, integré la primera camada de cadetas que ingresó a la Escuela de Náutica. Tuvimos que abrir el camino porque antes era exclusivamente de hombres. —¿Cómo fue allanar el terreno? —Fue duro. Sabíamos que iba a ser así porque toda apertura de caminos implica sacrificios y adaptaciones. Hacer entender que éramos iguales fue una complicación: en un principio, no sabían cómo tratarnos. Si hacían diferencias era un problema, y, si nos equiparaban, también. Cuando nos decían: “Cuerpo a tierra”, nosotras íbamos a la par de los hombres y, por un lado, veías que no querían; pero, por el otro, controlaban que lo hiciéramos igual porque para eso estábamos. Además de construir baños, tuvieron que adaptarnos los uniformes porque la sastrería militar no tenía ropa para nosotras. En ese momento yo vivía en Ramos Mejía y la Escuela de Náutica quedaba en Retiro. Me acuerdo de que salía a la calle con el uniforme y me miraban: para muchos éramos cosa de locos. Pero no nos importó. Íbamos para adelante. Esos tres años en la Escuela de Náutica para mí fueron una experiencia imposible de superar. Fue, justamente, con base en lo vivido ese tiempo que no me costó en absoluto decidir si iba o no a Malvinas: fui de forma voluntaria. —Al recibir la noticia de la recuperación de las islas, ¿dónde estabas? —Embarcada en el buque carguero Río Cincel. Íbamos rumbo a Estados Unidos y, el día anterior a la zarpada, nos llamó el capitán Juan Carlos Trivelín, comandante del buque, para decirnos que nuestro próximo destino era Malvinas. Había que llevar una carga de la Fuerza Aérea. También nos dijo que estábamos en plena libertad de desembarcar, que dependía de la decisión de cada uno. Se bajó una sola persona. —¿Qué sentiste? —Una gran sorpresa y mucha responsabilidad. Así y todo nunca tuve un momento de duda. Ni siquiera me cuestioné el hecho de ir. “Es mi deber y punto”, pensé. Para eso había hecho la carrera en un instituto militar. Marcia Marchesotti formó parte la primera camada de cadetas que ingresó a la Escuela de Náutica (Foto/Gentileza de la entrevistada) —¿Tenías conocimiento de cuál era la situación en Malvinas? —Sí, se sabía. Nosotros zarpamos el 3 de abril. Recuerdo que nos apuraban porque venía el bloqueo británico. Además, llevamos pertrechos para prolongar la pista de aterrizaje de nuestros aviones de la Fuerza Aérea, máquinas viales, camiones de guerra, combustible para los aviones… Era evidente que algo iba a pasar. Así y todo fuimos sin escolta de buques militares. —¿Cómo te despediste de tu familia? —Por suerte tuve tiempo para hacerlo. Lo más duro fue dejarles en claro que no iba a poder estar en contacto porque desde el momento en que zarpáramos del Puerto Buenos Aires entraríamos en silencio de radio. Como integrante del área de Comunicaciones, yo tenía bien claro que ni mi familia ni la de mis compañeros iban a tener noticias nuestras hasta que saliéramos de la zona de conflicto y eso era lo que podía poner más difícil la cosa: el no saber absolutamente nada. De todas formas, mi papá era almirante y, por el cargo que tenía, sabía dónde estábamos. —¿Cuál fue tu rol en el buque? —Cuando embarqué estaba en mi último año de práctica: a finales de 1982 me recibía. Mi rol era de “pilotina” e iba a ser el segundo viaje que hacía en ese puesto, pero, para ir a Malvinas, me habilitaron como primer oficial. ¿Por qué? Porque cuando vos vas como estudiante, como “pilotín”, informás a un superior. En este caso, como había que hacer guardia las 24 horas, necesitaban dos oficiales. Entonces, me habilitaron con ese puesto solo por ese viaje. —Te dieron más responsabilidad… —Sí, porque, además, estaba solita en la estación de radio. El sector de comunicaciones a bordo es muy solitario y, al mismo tiempo, muy importante. Todo lo vinculado a la parte operativa de los barcos pasaba por la radio. En nuestro caso tenía que ver con el manejo de la carga: lo que entraba, lo que salía, lo que iba hasta el puerto, la cantidad de containers... Se usaba un manipulador a través del cual te comunicabas con la empresa o con diferentes estaciones de radio para anunciar que llegabas, que salías, cuánta carga llevabas… Además estaban las comunicaciones personales, que, en esa época, se manejaban con código morse. En la estación de radio donde hacía guardias sola (Foto/Libro “Malvinas, 40 años". Editorial TAEDA) —Entonces, recapitulando: cuando llegaste a Malvinas tenías 22 años, te habían ascendido al puesto de primer oficial y debías hacerte cargo del área de comunicaciones, un sector clave dentro del buque. ¿Sentías presión? —Iba con la presión de no equivocarme. Si bien tuve la suerte de viajar con una pilotina del área de administración, éramos dos mujeres y 44 hombres. Embarcamos con la idea de hacer todo bien porque tanto ella como yo éramos las personas que abríamos camino y, por ende, estábamos permanentemente siendo observadas. —Zarparon a Malvinas el 3 de abril a bordo del buque carguero Río Cincel. ¿Cuándo llegaron? —Llegamos el 7 de abril y fuimos el primer barco mercante que arribó a las islas. Nuestra tarea era descargar. Por el calado, es decir, por el tamaño del barco, no podíamos llegar a Puerto Argentino y estábamos a una milla de distancia. Entonces vino a lijarnos el buque ARA Isla de los Estados que, un mes después, fue encañonado y hundido con compañeros y colegas nuestros a bordo. En la jerga náutica, se dice “lije” a la acción de descarga de un barco a otro porque el que tiene la carga no puede llegar a puerto por su calado. —¿Ustedes estaban ahí cuando lo hundieron o ya se habían ido? —(Silencio). La verdad es que me cuesta mucho hablar de esto. Es una etapa que todavía no puedo superar. Nosotros estuvimos varios días conviviendo con esas personas y, al mes, nos enteramos de que volaron por los aires. Y no fueron los únicos: hubo varios buques mercantes hundidos durante la guerra. El buque ARA "Isla de los Estados" aproximándose al Río Cincel para retirar su carga frente a Puerto Argentino (Foto/Archivo) —¿Cuántos días permanecieron en la isla? —El plan original era llegar, descargar e irnos. Pero se produjo un temporal impresionante y tuvimos un accidente que hizo que garreara el buque. En la terminología marinera, “garrear” significa que el ancla se fue corriendo y casi chocamos con un pesquero de bandera polaca (Goplo), que estaba detrás de nosotros. Ese barco se estaba yendo y, cuando levantaron la cadena de su ancla, se enrolló en la hélice de nuestro buque y nos quedamos sin motor. Así que lo que iba a ser un día se transformó en tiempo indeterminado. Necesitábamos que vinieran buzos a cortar la cadena, y los que estaban en Puerto Argentino no tenían el equipamiento adecuado para hacer esa maniobra. Hubo que llamar a buzos de la Base Naval de Puerto Belgrano, que se demoraron unos días en llegar. —¿Cómo fueron esos días? —Y… estuvimos casi cuatro días ahí parados, pensando que íbamos a desembarcar y a quedarnos. En mi caso, en la parte de comunicaciones del Puerto Argentino. Fueron días intensos. Prácticamente no dormíamos. Vivíamos en alerta continua, ya sea por los ruidos o para acompañar a los que estaban de guardia. El clima tampoco ayudaba: hacía mucho frío y había un viento tremendo. A eso sumale la incertidumbre: no sabíamos si íbamos a irnos de las islas o había que dejar el barco abandonado con una guardia de diez tripulantes a bordo y el resto se iba para las islas. Como si fuera poco estábamos con silencio de radio y los ojos de buey y ventanas empapeladas para no dejar filtrar la luz hacia el exterior. Igual, un día rompimos el silencio de radio… —¿Cuál fue el motivo? —Había que hacerle llegar un mensaje a otro buque. Necesitábamos que se pusieran en comunicación con el comando en jefe. Lo que hicimos, después de mucho pensar, fue hablar en lunfardo a través del código morse. ¡Mirá la inventiva! (Risas). El mensaje que mandamos fue: “Ponete al chamullo con el elefante blanco”. “Elefante blanco” le decíamos al Edificio Libertad. Tiramos la señal al aire, la captaron y se contactaron. —Finalmente pudieron arreglar el barco y se fueron. ¿De qué manera se mantenían informados acerca de lo que sucedía en Malvinas? —Recibíamos un boletín llamado press, que es como si fuera un resumen de las noticias del día. Gracias a eso nos enteramos de que habían hundido barcos mercantes y de que muchos de nuestros compañeros, por ejemplo, los tripulantes del barco al cual le pasamos la carga, habían muerto. Creo que seguir la guerra desde afuera fue peor que haber estado allí. Olga Cáceres, Marcia Marchesotti, Aníbal Orquiguil y Enrique Marti, todos cadetes en formación que en ningún caso ejercieron su derecho de abandonar el buque antes de la zarpada hacia Malvinas (Foto/Archivo) —¿Cómo era la dinámica de los press? —Llegaba por código morse. Yo lo escuchaba en la sala de radio, tomaba nota y eso lo pasaba a la máquina de escribir. Ese mismo papel, que es como si fuera un diario, era lo más esperado por la tripulación. De hecho, durante el día, todos venían a la sala de radio a averiguar qué pasaba porque las noticias salían de ahí. —¿Qué fue lo más impactante que transcribiste? —Hay una frase que me quedó grabada. Fue el 12 de junio, dos días antes de la rendición. Cuando dijeron: “La lucha ahora es cuerpo a cuerpo”, largué todo y no pude continuar recibiendo nada. Hubo un montón de conscriptos que vinieron a bordo de nuestro buque —ya sea para comer o traer maquinaria y buzos para solucionar el problema que teníamos en la hélice— y después desembarcaron. Me acuerdo de que hacía tanto frío que el cocinero nos preparaba chocolate caliente, para que la pasáramos mejor. Entonces, cuando escuché esa frase me imaginé a todos los chicos que habían estado con nosotros y fue una representación tan espantosa que dejé todo y me tuve que ir: no pude continuar. Ya no eran cañonazos, ni misiles, ni aviones. Eran todos los chicos dando su vida por la patria. —Además del press, ¿ustedes seguían las noticias por la televisión? —Sí. Mirábamos las emisoras americanas. Teníamos más confianza en la BBC que en los medios locales. En un momento hasta llegamos a pensar que estábamos más informados nosotros que Buenos Aires. Fue muy difícil porque veníamos de ahí. Y, cuando empezamos a enterarnos de que estaban hundiendo nuestros buques, con nuestros compañeros, fue peor. La Marina Mercante tuvo 16 bajas. —Después de tu participación en Malvinas, ¿cuándo volviste a la Argentina? —Regresé el 14 de junio, el día de la rendición. Estuve tres o cuatro días en Buenos Aires, el tiempo para cargar el barco, y volví a Estados Unidos. Para mi sorpresa y la de mis compañeros, lo que se vivía en Buenos Aires era muy diferente a lo que se vivía en el sur. La compenetración que había en, por ejemplo, Puerto Madryn, era única. La gente se desvivía por ayudar, por hacerte la vida mejor. En Capital Federal era como que “ya está”, “ya pasó”. No se nombraba la palabra Malvinas, no se tocaba el tema de la guerra, ni en la televisión, ni en los diarios, ni siquiera con amigos. Era como que “de eso no se habla” y si no se habla, no existe. Una de las EDPV que la Armada destacó en Malvinas para servicios de apoyo. La que llevaba el número 43 fue la rescatada por la dotación civil del Río Cincel (Foto/Archivo) —¿Querías hablar? —(Toma aire y exhala). Me costaba mucho hablar. Lo hablé, obviamente, con mi familia. Pero se me atragantaba el tema, o sea, después de tres o cuatro palabras ya no podía seguir. Siempre pensando en las vidas que conocí y que se perdieron. Así y todo, nunca dejé de sentir esa extraña sensación de haber cumplido con mi deber. —¿Te arrepentís de haber ido? —Jamás en la vida me arrepentí. Nunca. Al contrario: era una cuestión de honra, de orgullo, de estar convencida de lo que hice porque para eso me había preparado, de sentir que había ayudado aunque sea mínimamente en lo que fue la defensa de mi patria. A medida que fue pasando el tiempo, el orgullo aumentaba, pero también el silencio. Costó mucho que se reconocieran las situaciones de valentía de los combatientes. Siempre se recuerda a la Fuerza Aérea por las hazañas, reales y absolutas, pero hubo actos heroicos increíbles en las tres fuerzas. Gracias a Dios, de a poquito, se van conociendo. —Me dijiste que en la Marina Mercante hubo 16 bajas. ¿Tenías algún vínculo estrecho con las personas que fallecieron? —Estrecho no. Algunos eran compañeros con los que hice la Escuela de Náutica. —¿Cómo canalizaste lo vivido durante la guerra si apenas lo hablaste con tu familia? —Yo escribí muchas cartas que iba mandando a medida que iba llegando a los distintos puertos. Tengo documentado, a través de cartas, lo que sentía, lo orgullosa que estaba y las ganas de haber podido hacer más. Hay una palabra que se repite en todas mis cartas y es “tristeza”. Tristeza por no haber podido hacer más, tristeza por los que se quedaron, tristeza por la gente conocida que murió, tristeza por cómo encontré el país, porque la guerra no se había asimilado, por lo menos en Buenos Aires. "Muchos creían que yo era la esposa de un veterano. Nadie sabía que había ido a Malvinas porque jamás creí que tuviera que ser reconocida. Fui a cumplir con mi deber", dice Marcia (Foto/Fernando Calzada) —¿Cuándo decidiste estudiar Derecho y por qué? —Para mí la carrera en la Marina Mercante siempre tuvo fecha de vencimiento, porque, hace cuarenta años, las mujeres no podíamos concebir la idea de formar una familia y navegar. Al menos eso era lo que nos inculcaban. Entonces empecé a pensar qué carrera podía estudiar mientras navegaba. Así fue que me anoté para cursar Derecho en la Universidad de Morón. No lo hice por vocación, sino por practicidad. Estudiaba mientras navegaba. —¿Te gustaba la vida en altamar? —Absolutamente. No hay nada mejor. Lo que yo he vivido navegando, lo que yo he crecido, las experiencias que he vivido... (Silencio). Es más, cuando empecé a cursar Derecho tenía compañeros un poco más chicos que yo. Nos llevábamos dos o tres años, pero para mí era un abismo. “¿Qué hago acá?”, me preguntaba muchas veces. La experiencia vivida me hizo crecer y madurar una barbaridad. En mi caso particular, y por mi especialidad en la carrera, el hecho de estar sola en la cabina de radio implicaba que muchas veces no podía consultar con nadie y tenía que resolver. La realidad es que eso me formó el carácter y la personalidad. —¿Extrañás navegar? —(Risas). Cada crucero que llega al país, me lo tomo. Hago un crucero por año: me encanta. El mejor viaje que hice fue a la Antártida. Tenía 12 años y fui a las islas Malvinas. Fue mi primer crucero y me marcó para toda la vida. —¿Dónde conociste a su marido? —En la facultad. Me casé a los 34 años y sigo con él, feliz de la vida, sumamente enamorada y él también. Tenemos un hijo, Enzo, de 26, y una perra, Minnie. Después vino todo el tema del reconocimiento como veterana, que fue otra etapa de mi vida. Nadie lo sabía, es más, siempre creían que yo era la esposa de un veterano. —¿En serio? —Sí. Además de que tengo un perfil muy bajo, cuando comenzaron a reglamentar las pensiones y había que hacer trámites, muchos creían que yo era “esposa de un veterano”. Nadie sabía que había ido a Malvinas porque jamás creí que tuviera que ser reconocida. Fui a cumplir con mi deber. Para eso me había preparado. Reconocimiento tenían que tener los chicos y los oficiales: gente que luchó, que combatió cuerpo a cuerpo. Lo mío fue un apoyo, no lo consideraba merecedor de un reconocimiento. La tapa del libro "Malvinas, 40 años. Testimonios sobre la guerra del Atlántico Sur" publicado por editorial TAEDA —¿Volviste a Malvinas alguna vez? —No, no. Nunca más. No volvería. (Piensa). Me pondría mal volver. Porque… o sea… Tengo el tema muy tapado. Yo te muestro fotos de una distinción que nos hicieron en el Senado hace tres años y yo estuve así [N. de la R.: muestra una foto de ella llorando mientras abraza a otra veterana. Lleva puestos anteojos de sol]. Vos fijate lo que me afectó. Durante la hora y media que duró el homenaje no pude parar de llorar. —Es como que escondiste el tema abajo de la alfombra… —Muy abajo. Y… porque lo hablé poco, porque tapé lo que sentía… Cuando abro la cajita de los recuerdos de Malvinas me quiebro. Por eso no puedo hablar en ningún lugar público. Dame un micrófono y no esperes que yo te diga una sola palabra porque me pongo a llorar como una loca. Me cuesta mucho abrir esa puerta públicamente. La tengo, la reconozco, la respeto. Pero no me hagas hablar. —¿Estás en contacto con otras veteranas? —Permanentemente. Después del reconocimiento que nos hicieron, armamos un chat de WhatsApp en el que está una comisaria de a bordo que se llama Marta Beatriz Giménez, una oficial de radio que se llama Mariana Florinda Soneira, otra comisaria de a bordo que se llama Olga Graciela Cáceres y yo. Es un espacio que usamos para charlar y contarnos anécdotas divertidas de situaciones que vivimos a bordo. Ahora que se vienen los 40 años, y nos están llamando de todas partes, estamos todo el tiempo en contacto. Como yo, muchas guardan recuerdos de cosas que les pasaron y que todavía no las pueden hablar. *El texto forma parte del libro “Malvinas, 40 años. Testimonios sobre la guerra del Atlántico Sur” publicado en el año 2022 por Editorial TAEDA.
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