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  • Los agricultores chinos que buscaban agua y se encontraron con un ejército de 8000 guerreros de terracota que custodiaba el más allá

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 02/04/2025 02:31

    Los guerreros de terracota que protegen al emperador se encuentran a un kilómetro y medio de su tumba y forman parte del Mausoleo de Qin Shi Huang Esta es la historia de unos campesinos que buscaban agua, un agricultor devenido arqueólogo y curador de museo y un niño de 13 años que se creía mucho. La leyenda cuenta que un día de febrero de 1974, un grupo de agricultores desesperados a causa de una sequía cavaba un pozo cerca de Xi’an (provincia de Shaanxi, República Popular China) con la esperanza de encontrar agua. Habían avanzado un metro dentro de la tierra cuando hallaron algo más: formas humanas hechas de tierra roja, endurecida como roca. Continuaron apartando el suelo, intentando entender de qué se trataba, y lograron discernir que habían descubierto cabezas de tamaño real. Y puntas de flecha de bronce. No dudaron de que pudieran tener algún valor, aunque no dimensionan cuánto. Siguieron desenterrando y se apropiaron de algunas puntas de flecha para venderlas. Habían pasado varias semanas: ya era abril cuando convencidos de que se trataba de algo más grande decidieron comunicarse con quienes trabajaban en el museo local. No tenían idea de que estaban frente a uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia y que, quien había ordenado esas esculturas, había sido un niño que había llegado al poder con 13 años. La historia cuenta que Qin Shi Huang estaba obsesionado con la muerte. Quizás por eso, a poco de asumir, mandó a construir su propia necrópolis subterránea Qin Shi Huang no había llegado a la adolescencia cuando asumió al trono en el año 246 a. C. Las memorias de un historiador de la antigüedad, llamado Sima Qian, dicen que a poco de comenzar a gobernar ordenó construir su Mausoleo —en grandes cámaras subterráneas— con su propio ejército —más de ocho mil soldados de terracota de tamaño real— listo para defenderlo en el más allá: hubiera lo que hubiera del otro lado de la vida, mejor estar prevenido. Tenía por qué pensar que necesitaría protección. Era ambicioso, despiadado y con solo 13 años sus planes —que logró durante su reinado— eran enormes. Fue un tirano que se autoproclamó el primer emperador de China después de derrotar a seis estados y lograr unir los siete reinos que estaban en guerra bajo un sistema imperial que continuó hasta 1912. En sus más de tres décadas de reinado logró avances administrativos, económicos, militares y tecnológicos en la región, como la creación de un sistema universal de pesas y medidas, un único alfabeto para toda China y la primera versión de un muro defensivo que tiempo después se conocería como la gran muralla. La historia cuenta que Qin Shi Huang estaba obsesionado con la muerte. Pasó sus últimos años rodeándose de alquimistas y realizando expediciones para encontrar el elixir de la vida: una pócima o quizás algún menjunje o brebaje que le otorgara la inmortalidad. De seguro fue ese el motivo por el que no tardó en mandar a construir su propia necrópolis subterránea: 56 kilómetros que contienen su mausoleo —lleno de objetos suntuosos— y tres fosas de entre cuatro y ocho metros de profundidad, situadas a un kilómetro y medio de su tumba y a unos 35 kilómetros de Xi’an. Allí se encuentran los guerreros de terracota formados y listos para la batalla: más de ocho mil soldados creados sin escatimar detalles, con un tamaño que apenas supera la escala real, con decenas de gestos y facciones de diferentes tipos, y una caballería de 150 animales y 130 carros tirados por otros 520 caballos, y decenas de miles de armas de bronce. También había algunas figuras no militares, como funcionarios, acróbatas, forzudos y músicos. Quizás Qin Shi Huang tenía claro que en una vida del otro lado de la vida necesitaría asesores con quién consultar sus decisiones, y un poco de cultura y diversión. Además se descubrió una cuarta fosa vacía, lo que indicaría que el proyecto no se terminó antes de su muerte. Para construir este imperio subterráneo el emperador empleó más de 720.000 trabajadores entre los que había artesanos que moldearon cada parte de los cuerpos por separado, basándose en los soldados reales del ejército de Qin Shi Huang. Pero cuando los agricultores encontraron las primeras cabezas, las primeras puntas de flecha, en 1974, no tenían ninguna idea de que se trataba de este imponente, rojizo y estoico ejército. Los guerreros de terracota fueron creados por artesanos sin escatimar detalles, con decenas de gestos y facciones diferentes. (REUTERS/Andrew Yates) Cuando Zhao Kangmin, agricultor local devenido en curador del Museo de Lintong y arqueólogo autodidacta de la provincia china de Shaanxi, atendió la llamada, en abril de 1974, únicamente le dijeron que un grupo de campesinos había encontrado algunas reliquias cuando excavaban un pozo. En ese instante Kangmin tuvo un presentimiento: sabía que muchos años atrás se habían enterrado figuras en el área cercana a la ciudad de Xian, en una zona próxima a la tumba del primer emperador de China, Qin Shi Huang. De hecho, diez años antes de recibir esa llamada, él mismo había descubierto a tres ballesteros arrodillados. Pero no había podido confirmar si se trataba de creaciones realizadas en la época de la dinastía Qin. Nada se comparaba con lo que estaba a punto de encontrar. Zhao, junto a un colega, montaron bicicletas y pedalearon todo lo que le daban sus piernas hasta el lugar del hallazgo. “Íbamos tan rápido que parecía que volábamos”, escribiría en un ensayo en 2014. Cuando llegó, vio “siete u ocho piezas, pedazos de piernas, brazos y dos cabezas, cerca del pozo”. Le contó después al historiador británico John Man. Al instante concluyó que debían ser partes de las estatuas de la dinastía Quin y pidió a los campesinos que no avanzaran con el pozo ni se llevaran ninguna pieza. Tomaron las partes que podían ser trasladadas y se las llevaron al museo en camiones. A partir de ese momento, Zhao comenzó un trabajo artesanal y delicado: armar los pedazos, incluso colocando en su lugar aquellos que eran minúsculos, como si fuese un verdadero rompecabezas gigante. Tres días de trabajo después tenía frente a él a dos guerreros de terracota monumentales, de 1,78 metros de altura. Cuando el descubrimiento se hizo público comenzaron a llegar visitantes célebres y anónimos para conocer al gran ejército de barro del emperador Qin Shi Huang. Y en 1975 se decidió abrir un museo en el lugar mientras continuaba el trabajo arqueológico. (Reuters) Pese a que el descubrimiento le había provocado gran entusiasmo, Zhao decidió, por cautela, no anunciar públicamente lo que había hallado. Temía por el destino de estas piezas. En 1974, China vivía las últimas fases de la Revolución Cultural del presidente Mao, en la que los guardias rojos buscaban destruir viejas tradiciones y formas de pensar para “purificar” a la sociedad. Y a fines de la década del 60 Zhao había sido sometido a una sesión de “autocrítica” como una persona “involucrada con cosas viejas”. Fue por eso que decidió esperar un buen momento para anunciarlo. O eso proyectaba. La llegada inesperada de un periodista de la agencia estatal Xinhua que visitaba la zona le cambió los planes. Al ver las estatuas, el joven reportero le dijo que parecía tratarse de un gran descubrimiento y le preguntó por qué no estaba difundiéndolo. Pese a que Zhao le pidió que mantuviera el secreto, lo publicó. La noticia llegó a oídos de los líderes comunistas, pero en ningún momento quisieron destruir las piezas halladas. Por el contrario, las autoridades en Pekín decidieron excavar el lugar. Fue así que en los meses siguientes descubrieron más de 500 guerreros. Y al año siguiente, en 1975, se decidió abrir un museo en el lugar mientras continuaba el trabajo arqueológico. El descubrimiento trascendió fronteras y comenzaron a llegar visitantes célebres y anónimos a conocer al gran ejército de barro del emperador Qin Shi Huang, que sería declarado Patrimonio de la Humanidad, por la Unesco, en 1987. Zhao Kangmin, el arqueólogo que los identificó y restauró los primeros guerreros, nunca obtuvo un reconocimiento real por lo que sería uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de la historia. (Siha Sakpracum / Shutterstock) La fama y la atención que provocó este hallazgo fue celebrada por muchos, pero para Zhao Kangmin tuvo un sabor semiamargo: el mérito se lo llevó Yang Zhifa, uno de los campesinos que buscaba agua, de quien se dice que es el que desenterró la primera pieza. Fue él quien se sentó por años en el Museo de los Guerreros y Caballos de Terracota a firmar libros en silencio. Y quien fue invitado al exterior para contar la historia del descubrimiento. “[El gerente de la tienda de recuerdos] me dijo que me pagaría 300 yuanes (unos US$50 al mes). Pensé ‘no está mal’, así que vine”, le contó al China Daily. A él se sumaron otros tres del grupo que buscaba agua aquel febrero del 74. Y el pago para ellos se triplicó. De todos modos, no fue negocio: los campesinos reclamaron que nunca fueron recompensados lo suficiente ya que les confiscaron sus tierras para crear el museo. “Ver no significa descubrir”, le dijo Zhao indignado al China Daily cuando supo que cuatro de los campesinos del grupo que aún vivían, en 2004, pidieron que se los registrara como los descubridores de los guerreros. “Todo lo que quieren es dinero”, aseguró. “Los campesinos vieron fragmentos de terracota, pero no sabían que eran reliquias culturales, e incluso las rompieron”. “Fui yo quien detuvo los daños, recolectó los fragmentos y reconstruyó el primer guerrero de terracota”, dijo, según una nota de la BBC. Quien dirigió el Museo de los Guerreros de Terracota entre 1998 y 2007, Wu Yongqi, está de acuerdo. Confirmó que sin el trabajo de Zhao el descubrimiento podría haberse retrasado por años. No tuvo fama, ni reconocimiento. No se codeó con grandes figuras políticas del mundo ni contó los detalles del trabajo que realizó a los medios. En vez de eso, Zhao permaneció el resto de su vida en el pequeño Museo de Lintong, donde firmaba postales y libros para turistas de una manera particular: “Zhao Kangmin, el verdadero hombre que descubrió, determinó, restauró y desenterró los mundialmente conocidos Guerreros y Caballos de Terracota”. Recién en 1990 recibió una pensión especial de parte del Consejo de Estado. De todas formas, con cierto ascetismo respecto al lugar que le había tocado en esta historia, parecía sentirse satisfecho con el breve reconocimiento que había recibido por parte de un enviado oficial de Pekín durante la excavación inicial: le había dicho que había realizado “una gran contribución al país”. Y le había bastado. Eso y hacer saber a quienes visitaban el museo en el que trabajaba quién había sido el verdadero hombre que descubrió uno de los tesoros más importantes de China. Como sea, Zhao Kangmin estuvo feliz de haber respondido el teléfono aquel día de abril.

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