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Parana » La Nota Digital
Fecha: 24/03/2025 21:47
C. Parodi De acuerdo con la documentación historiográfica, “Delta”, la cuarta letra del alfabeto griego, posee forma de triángulo y simbólicamente puede interpretarse también como tierra fértil o puerta. Y lo cierto es que podríamos sugerir que nuestro Delta del Tigre es una región que también se bifurca en portales tan bellos y salvajes como plenos de sensaciones y leyendas. Lugar de residencia para los amantes de la soledad, de las aves y del silencio de la noche, con parajes que son el hábitat natural de insectos, roedores, víboras, carpinchos, e infinidad de peces y de reptiles de todos los colores imaginables. Saturado de viajeros de todo el mundo, el Delta preserva rincones aislados que serpentean por sus islotes, y también guarda para sí historias asombrosas solamente conocidas por sus particulares habitantes que lo eligen como “su” lugar en la tierra. La fascinación, magia y energía que desprende el Delta es inigualable a la de otros sitios de nuestra extensa geografía. Por aquí deambularon Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), Fray Mocho (1858-1903), Liborio Justo “Lobodón Garra”( 1902-2003), Roberto Arlt (1900-1942), Leopoldo Lugones ( 1874-1938) y Xul Solar (1887-1963). También fue lugar de descanso para dos brillantes escritores argentinos detenidos y desaparecidos: Haroldo Conti (1925-1976) y Rodolfo Walsh (1927-1977). Lo cierto es que cuando cae la noche y las lanchas plenas de alborotados visitantes se acercan al Puerto, parece surgir en el Delta su genuina y enigmática atmósfera. “La Isla no es para cualquiera” dice con absoluta certeza un isleño que ronda los ochenta años. “Este lugar es una leyenda en sí misma”, reflexiona otro, mientras fuma un cigarro de hoja y mira las ramas esqueléticas que se asoman en el río. Existen en el Delta muchas casas abandonadas tapadas por el olvido y la vegetación que pueden mirarse desde las ruidosas lanchas colectivas que diariamente surcan los canales. Por alguna u otra razón, hace tiempo que nadie las ocupa, y sus interiores derruídos son sobrevolados por bandadas de insectos y de murciélagos. Los isleños cuentan que hace muchos años una de estas precarias viviendas fue escenario de una cruel historia que tomó la escamosa piel de la leyenda. Se refieren a la “Casa del árbol gigante”, ubicada en el canal de “Las Rosas” y que durante fin de semana fue ocupada por una pareja con su bebé de seis meses. Si bien se desconocen las razones por las cuales abandonaron la casa durante una noche, lo verdaderamente trágico fue que dejaron a la pequeña criatura en su cochecito. Y lo cierto es que cuando regresaron a buscarla, sólo se encontraron con el cochecito… vacío. Desde entonces, no son pocos los pescadores nocturnos que al pasar cerca de la “Casa del árbol gigante” escuchan el llanto de esa pequeña y acaso celestial criatura. Algunos cuentan que el cochecito permanece en el mismo lugar, pero también a veces aparece en uno u otro sitio, hundido entre los barrosos pastizales. Mientras tanto, pasan los años y la incógnita acerca de ese desgarrador episodio prosigue derramando enigmáticos interrogantes a quienes merodean por el lugar. No muy lejos de ahí, algunos supersticiosos habitantes hablan de la aparición de la bellísima “Virgen del agua”, una blanquecina figura femenina que durante ciertas noches de viento, lluvia y frío, parecería flotar sobre las vaporosas aguas, tal vez como forma de proteger a las solitarias almas de los isleños. Otro paraje misterioso es el llamado “Los Bajos del Temor”, una zona de bancos de arena que dependiendo de la marea o sudestada, pueden visualizarse o no. Se recuerda que hacia fines de 1880 fue el salvaje refugio de una pareja de contrabandistas conocida como Marica Rivero y el “Correntino Malo”. Allí permanecían ocultos hasta que fueron descubiertos por un grupo de oficiales. Los dos fueron detenidos por un militar y cruelmente estaqueados junto a la orilla de un islote, para que la marea los ahogara. La tradición oral rememora que aquella noche sin luna, los gritos ante la inminencia de la muerte, se escuchados a lo largo de los laberínticos brazos del Delta. Nunca encontraron sus cuerpos y aún hoy los viejos pescadores cuando surcan esa zona, se aferran de sus rosarios y se hacen la señal de la cruz, ante un lugar al que sigilosamente consideran maldito. Un suceso luctuoso acaeció en octubre de 1877 cuando el barco a vapor “El Fulminante” cargado de explosivos y de soldados, estalló en medio del río. La tragedia dejó más de diez muertos flotando en las aguas. Los lugareños afirman que durante ciertas noches surgen desde las brumas algunas figuras espectrales que vapososamente atraviesan las aguas del arroyo “El Fulminante”. Todos aquí están convencidos de que se trata de los espíritus de aquellas malogradas víctimas. LA ISLA ENIGMATICA A tres horas de navegación desde el Puerto de Tigre, en la confluencia del Río Uruguay y el Río de la Plata se encuentra la isla Martín García, que fuera descubierta por el navegante Juan Díaz de Solís en febrero de 1516. Sus habitantes originarios fueron los Charrúas, de quienes se relata que entre otras costumbres, también practicaban el canibalismo. Rodeada de cañas de bambú, ceibales y bosques que abarcan sus más de ciento setenta hectáreas, es una isla que preserva un desolador pasado histórico y también una rica crónica de relatos intrigantes. Desde su origen, la Isla contó con cuatro camposantos y en la actualidad queda solamente uno, que presenta la particularidad de tener inclinadas las cruces de sus lápidas. Muchas conjeturas sobrevuelan alrededor de estas tumbas. Muchos antiguos pobladores aseguran que esas cruces torcidas pertenecían a muertos que durante su vida integraron algún tipo de secta de influjos místicos que habitó durante algún tiempo la Isla. En otros tiempos la desoladora Isla Martín García también funcionó como Lazareto y fue sinónimo de cárcel y destierro, lo cual la transformó en una isla-prisión. Conocida como la “Alcatraz del Río de la Plata” mantuvo encerrados a cuatro presidentes argentinos: Hipólito Yrigoyen en 1930, Marcelo T. de Alvear en 1933 y 1934; Juan Domingo Perón en octubre de 1945 y Arturo Frondizi durante 1962. Pero sus laberínticos parajes también respiran sensaciones de esencia sobrenatural, tal vez vinculadas a los primeros presidiarios que terminaron aquí sus existencias terrenales y fueron enterrados a las apuradas bajo rústicas tumbas anónimas. No falta aquel vecino que relata a todo aquel que quiera escucharlo, que muchas veces aquellos que la recorren de noche pueden escuchar el lamento de lóbregas voces, que acaso ambientan con doloroso pesar los senderos recónditos de una enigmática Isla decididamente signada por la tragedia. (*) Parodi es investigador y escritor argentino.
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