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  • El aniversario del primer enarbolamiento de la enseña patria

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 27/02/2025 10:45

    Manuel Belgrano, junto a la bandera argentina. “Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno; en aquel, la batería de la Independencia (que se levantaba en la isla), nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de lo que así juráis, decid conmigo ¡Viva la patria!” (Miguel Ángel De Marco) Un día como hoy, hace 213 años, se producía el primer enarbolamiento del pabellón nacional, en Rosario, Santa Fe; a orillas del río Paraná. La Capilla del Rosario constituía, desde avanzado el año 1810, un punto estratégico en el río Paraná por diversas cuestiones. En principio se había transformado en un paso obligado de tránsito de las tropas que marchaban o regresaban del sitio de Montevideo: (Capilla del) Rosario, Santa Fe, Paraná, Paso de Vera y Paysandú. La población atendía a las tropas suministrando todo tipo de aportes, desde víveres, animales, hombres, auxilios. Quedaba desolada y volvía a cobrar vida, cuando arribaban contingentes militares. Por estas mismas razones, la escuadrilla realista podía atacarla y bloquear esta vía de comunicación. Sobre todo, a partir de la desaparición de la exigua escuadra patriota que, a órdenes de su comandante Juan Bautista Azopardo, había sido derrotada por la española el 2 de marzo de 1811 en San Nicolás. A principios de 1811, el gobierno central y después la Junta Grande, promovió la construcción de una posición fortificada en Rosario, que impida (o dificulte) el tránsito de la escuadrilla española. La misma asolaba desde el Delta y el río Paraná, a los pueblos rivereños de Buenos Aires y Santa Fe en búsqueda de víveres para alimentar casi 5000 almas en Montevideo. Era la manera de burlar el sitio terrestre. Toda la población santafesina entregó todo lo que tenía en pos de esta obra. Trabajaron carpinteros, sacerdotes, milicianos, orientales del comandante Artigas, españoles congraciados con la causa independentista, hombres y mujeres levantaron enormes galpones de adobe y techo de paja, para crear depósitos de materiales próximos al río Paraná. Se donaron herramientas, maderas, hasta que (como muchas veces ocurre) Buenos Aires, sin mediar fundamento, ordenó suspender la obra y que se rematen los materiales. Manuel Belgrano y la bandera argentina (Fuente). “Como muchas veces ocurre” los santafesinos, hicieron caso omiso a la orden de Buenos Aires y continuaron en silencio las indicaciones de los jefes de obra… Cuando al llegar a la última semana del mes de abril, la escuadrilla española desembarcó tropas y produjo un saqueo horrible en Zárate y Las Palmas. El poblado había sido abandonado, excepto por el cura párroco, que resultó muerto. El 27 de abril, los pequeños buques desfilaron frente a Rosario y lograron bloquear el río Paraná entre Santa Fé y La Bajada. El 10 de julio de ese mismo año, los rosarinos, reforzados con 130 milicianos de San Nicolás, contuvieron un desembarco realista, capturando cuatro marineros y obligando a retirarse a los navíos enemigos. El 13 de enero de 1812, el Triunvirato tomó conciencia de la importancia de defender este sector y resolvió enviar al coronel Manuel Belgrano con el regimiento Nro. 5 (ex Patricios). Esta fuerza tomó la ruta de las postas (la misma que tomarán los granaderos a caballo con el coronel San Martín, un año después). Calor abrazador de enero, tierra; un “huracán” junto al arroyo Pavón, levantó tiendas y mojó absolutamente todo. Tiempo después, un viento pampero, embolsó las carpas y la ropa y todo vuela en dirección al río. Finalmente, en los primeros días de febrero, el ejército (el 5to de Infantería) acampa, monta guardia, trabaja, transporta piezas de artillería de costa de grueso calibre a las barrancas, a la isla, con aparejos, con cuerdas, sumergidos en el Paraná. Belgrano es incansable y su don de mando inacabable. Contagia de sentimientos patrióticos a todos. Con firmeza y decisión. Los rosarinos y el coronel Manuel Belgrano logran un efecto multiplicador “como si ambos hubieran encontrado la pieza que les faltaba.” El teniente coronel Ángel Monasterio -el Arquímides de la Revolución- (B. Mitre), regresó de Buenos Aires el 14 de febrero, con ocho carpinteros, que permitieron que el día 26, Belgrano pueda escribir con orgullo al gobierno que la obra está casi finalizada. En este ciclón patriótico / arrollador, Belgrano, solicitó al Triunvirato el uso de la escarapela blanca y celeste (13 de febrero); inoculados por el peso de sus palabras, el gobierno autorizó el uso de la misma el día 18, ordenando se retire la encarnada (roja, española) usada hasta ese momento. Sin embargo, Belgrano vuelve a la carga el día 26 de febrero: ahora en otra nota, propone la creación del símbolo de la libertad de la Revolución de Mayo. “Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta ahora hemos usado; siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme con los colores de la escarapela nacional: espero sea de la aprobación de V. E.” No, no esperó respuesta. Al atardecer (18,30 hs) del 27 de febrero de 1812 con los habitantes orgullosos de la Capilla del Rosario, con una sonrisa, lágrimas en los ojos y el llanto atragantado; con las tropas formadas con sus mejores uniformes, armas al hombro, tambores batiendo, con los artilleros prestos para ejecutar las primeras salvas con movimientos precisos, fue izándose la bandera celeste y blanca con los golpes que el viento del Paraná imponía, mientras caen suaves los restos del sol de ese febrero santafesino tórrido. Cañonazos retumban, en la serie cruzada de explosiones, Monasterio casi deja una muesca de alegría. Es de esos argentinos, cuyo orgullo es su idoneidad profesional. Monumento a Manuel Belgrano (Europa Press/Contacto/Cristian Bayona). Para Belgrano, un ser humilde, cristiano, entregado a la causa patriota hasta la médula, transparente en sus sentimientos, contempla la mirada de sus hombres y el agradecimiento de los rosarinos. Es recíproco. El 1 de marzo, el coronel Manuel Belgrano, dejó Rosario y marchó con dos ayudantes, a hacerse cargo del Ejército del Norte por Tucumán y luego Jujuy. En una calesa, postrado, enfermo, asume un nuevo desafío en su vida “militar”. Exento y bendecido de no contar con la actual tecnología, desconoce que el Triunvirato le ha remitido una nota con fecha 3 de marzo prohibiéndole enérgicamente el uso de la bandera celeste y blanca “ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en la fortaleza, y que hace al centro del Estado” (Se trataba de la actual bandera española roja y guala -amarilla-, usada por la real Armada Española) (Miguel Ángel De Marco). Belgrano tomará conocimiento de esta noticia, recién en Jujuy. Sorpresa y desaliento. También, abnegación y aplomo. La batalla de Salta, librada el 20 de febrero de 1813 por el general Belgrano contra los españoles (general Pío de Tristán), constituirá la primera victoria patria donde el ejército portará la enseña celeste y blanca. La oficialización de la bandera nacional se producirá en julio de 1816, tras la aprobación del Congreso de Tucumán

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