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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 27/02/2025 04:50
El crecimiento infantil es un proceso singular, cada niño y niña desarrolla su aprendizaje a su propio ritmo sin ajustarse a moldes fijos (Imagen ilustrativa Infobae) Desde mi experiencia clínica, como investigadora y observadora del mundo infantil, he llegado a comprender que el crecimiento de cada niño y niña se configura como una travesía singular, un viaje en el que cada paso y tropiezo tiene su propio ritmo y significado. No se trata de encajar en moldes preestablecidos ni de cumplir con cronogramas uniformes, sino de acompañar de forma sensible y compasiva ese proceso único de desarrollo, permitiendo que cada experiencia –incluso las más dificultosas– se integre como parte esencial de la construcción subjetiva. En un mundo donde la inmediatez, la apariencia y la eficiencia parecen ser las normas, es imperativo detenernos a reflexionar sobre el daño que causa obligar a los niños y niñas a cumplir con estándares rígidos sin considerar sus necesidades emocionales y su proceso natural de aprendizaje. Hace poco vi la entrevista de Brian Greene con Roger Penrose, el renombrado físico matemático y Premio Nobel, en la que reveló que, a pesar de su habilidad en matemáticas, siempre había sido “lento” para resolver los problemas. Lento, en relación a los tiempos que exigía la escuela. La comprensión y el apoyo adecuado pueden transformar la experiencia escolar de un niño y permitirle desarrollar su potencial sin barreras (Imagen Ilustrativa Infobae) Penrose era capaz de llegar a soluciones impecables, pero necesitaba más tiempo para plasmar sus ideas en los exámenes. Esta situación le costó calificaciones bajas, ya que, al no terminar los ejercicios en el tiempo estipulado, una profesora incluso llegó a rebajarlo de nivel, tildándolo de “estúpido” y agrupándolo en " un nivel más bajo” . Lo que aquel docente no entendía era que su lentitud no era signo de incapacidad, sino simplemente de un ritmo distinto, una forma diferente de procesar la información y de llegar a las respuestas. Por suerte un profesor perspicaz, el señor Stenett, reconoció el valor de su trabajo y decidió acompañarlo, otorgándole una hora extra –incluso en ocasiones dos–, lo que le permitió demostrar todo su potencial. Esta anécdota no solo es un testimonio de la diversidad de ritmos en el aprendizaje, sino que también subraya una verdad: la falta de acompañamiento y comprensión en el entorno escolar puede minar el amor propio y afectar su salud mental de forma duradera. Cuando se imponen cronogramas rígidos y capacitistas se corre el riesgo de que el niño se sienta inadecuado o fracasado, porque su forma de trabajar, de aprender y procesar la información no encaja en un molde predefinido. Validar el proceso de aprendizaje de cada niño sin presiones ni etiquetas es clave para su desarrollo emocional y su autoestima (Imagen ilustrativa Infobae) La entrevista me trajo un recuerdo doloroso de mi propia infancia. Fue una experiencia que, lamentablemente, ilustra con crudeza lo que sucede cuando no se respeta el ritmo individual de los niños. Durante algunos años viví momentos particularmente oscuros que por supuesto se reflejaban en la escuela. Todo me llevaba muchísimo tiempo, desde comprender un concepto hasta completar una tarea. Esa constante sensación de no poder seguir el ritmo de la clase, combinada con una profunda falta de energía —lo que hoy podría interpretarse como un episodio temprano de depresión infantil— dejó una huella imborrable en mi psique. En quinto grado, en lugar de recibir un apoyo empático y adaptado a mis necesidades, la maestra optó por dividirnos en tres filas: “los buenos”, “los malos” y “los regulares”. Esta medida, que pretendía, imaginó, incentivar el esfuerzo, se transformó en una forma de violencia institucional y etiquetado que recrudeció mi situación. Esa división no solo me marcó profundamente, sino que imagino que también dejó cicatrices en muchos otros niños que fueron sometidos a un sistema que no supo acompañar sus ritmos individuales, relegándolos al olvido, a la burla o la marginación. La verdadera tarea de la educación es permitir que cada niño crezca a su ritmo, sin que las diferencias sean vistas como fracasos (Imagen Ilustrativa Infobae) Siempre me he preguntado qué hubiese pasado si alguien me hubiera preguntado qué me pasaba, por qué había cambiado mi forma de trabajar, de estudiar, de aprender, ¡si a mi me encantaba ir a la escuela! Pero en lugar de que mi cambio de conducta fuese una interpelación, se me disciplinó castigándome, lo que yo viví como una humillación. Ambos relatos, el de Penrose y mi vivencia personal, evidencian una realidad ineludible: cuando el entorno escolar y social no se adapta a las necesidades particulares de cada niño y cada niña, se genera una presión en todos los casos que no es fácil de afrontar. En algunos casos, además, hay una desestimación del dolor que puede estar atravesando y en otros incomprensión de contextos socioculturales que pueden tener consecuencias devastadoras para el desarrollo y bienestar emocional. No se trata de no impartir las enseñanzas destinadas para cada fase, sino de reconocer y sostener el proceso de crecimiento de cada niño, permitiéndoles equivocarse, temer, dudar, tardar, reflexionar y aprender a su propio ritmo. Forzar a los niños y niñas a cumplir con un cronograma uniforme es un acto de deshumanización que ignora la complejidad y la belleza que puede traer el aprendizaje. La presión por resultados inmediatos puede generar ansiedad e incluso depresión en niños que no logran encajar en un modelo estandarizado (Imagen Ilustrativa Infobae) He sido testigo, en mi práctica profesional, de cómo la presión para alcanzar resultados inmediatos y la falta de comprensión del tiempo necesario para experiencias similares pueden provocar en los niños sentimientos de insuficiencia, ansiedad y, en casos extremos, depresión. A esto se le suma, en casos muy delicados por circunstancias de salud mental o atravesamientos traumáticos, el dolor paralizante que muchas veces no permite seguir las propuestas escolares. Esta sobrecarga no solo afecta el rendimiento académico, sino que también impacta en la formación de identidad y en su capacidad para relacionarse con el entorno de una mejor manera, más amable. Cada niño posee un compás único: a veces su ritmo se expresa en síncopas, en otros momentos en contratiempos que parecen desafinar con relación a los esquemas rígidos. Sin embargo,como en la música, esas variaciones se combinan para formar una melodía única. Apreciarla y acompañarla debería ser nuestra tarea. Acompañar este proceso significa reconocer y respetar esa diversidad, sin etiquetar ni marginar a aquellos que, por diferentes circunstancias no encajan en un modelo estandarizado y capacitista. La falta de acompañamiento adecuado en la escuela puede llevar a los niños a sentirse inadecuados o fracasados en su proceso de aprendizaje (Imagen ilustrativa Infobae) La experiencia de acompañar y sostener el ritmo individual de cada niño es, para mí, un acto de responsabilidad, pero también de generosidad y afecto. Significa estar presente en el proceso, ser compasivo con los procesos de cada niño o niña, ofrecer el espacio necesario para que se exprese y se desarrolle sin presiones, y, sobre todo, validar cada paso, por lento, extraño e incómodo que pueda parecer desde el mundo adulto. No se trata solo de facilitar el aprendizaje, sino de hacerlo en condiciones que permitan que cada niño/a se sienta respetado, comprendido y, sobre todo, protegido en su esencia. Quizá la verdadera labor de la educación consiste en sostener el tiempo de los niños y las niñas, en reconocer que el desarrollo y el aprendizaje son experiencias profundas y personalísimas. Y que cada uno merece un entorno en el que se le permita crecer a su propio ritmo, y que los momentos que no sigan el ritmo escolar impuesto sean vistos como parte integral de un proceso de aprendizaje y no como fracasos o deficiencias. Acompañar el proceso de cada niño y niña es, en última instancia, sembrar las semillas para la salud mental que perdurará a lo largo de su vida. * Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.
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