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  • Estética arrasada

    » Diario Cordoba

    Fecha: 26/02/2025 02:14

    El mal que corroe nuestra época ha convertido la fealdad en axioma. La belleza, antaño epifanía del mundo, ha sido desterrada al ostracismo. No es solo desprecio por lo sublime, sino una guerra declarada contra él. La modernidad ha elevado la provocación a máxima expresión del genio, renunciando a la profundidad estética en favor del esperpento. Hoy, la vulgaridad se ha convertido en el lenguaje oficial del arte, santificada por quienes confunden transgresión con talento y subversión con genialidad. En la literatura, las arquitecturas verbales han sido sustituidas por prosas raquíticas. Aquellos que se embriagaron con la grandilocuencia de un Hugo o la exactitud de un Nabokov contemplan hoy con espanto la hegemonía de lo trivial. Ya no se escribe para desvelar los misterios del alma, sino para ofrecer digestiones fáciles al lector perezoso. En tiempos de Dante, la palabra era una catedral; hoy, no es más que una choza ruinosa. La música ha mutado en un ruido exangüe, desprovisto de trascendencia. Beethoven escuchaba las profundidades del cosmos y las transformaba en sinfonías titánicas; hoy, la mercadotecnia impone la cadencia vacía de lo efímero. El genio ha sido desplazado por la simpleza rítmica y la cacofonía rentable. Los acordes que una vez fueron plegarias son ahora gritos vacíos, ruidos de feria en un mundo que ha olvidado la grandeza. Las artes plásticas, antaño celebradas por su equilibrio, han sido capturadas por la furia iconoclasta. Duchamp, con su urinal entronizado como arte, abrió las puertas a un torrente de mediocridad que hoy campea con altivez en galerías y museos. Lo que nació como burla se ha convertido en canon. Ya no hay belleza que conmueva ni símbolos que eleven el espíritu, solo la trivialización de la fealdad como norma, la repetición de la irreverencia hasta la extenuación. ¿Es esta devastación una evolución natural o un derrumbe programado? La estetización de lo vulgar no es espontánea, sino un sistema bien engrasado que prefiere la mediocridad, más dócil que la excelencia. En tiempos de Baudelaire y Wilde, el arte era un destello en la oscuridad; hoy, las tinieblas lo han devorado. Como en la ruina de la Torre de Babel, el lenguaje del arte se ha fragmentado en balbuceos incoherentes que, lejos de buscar el ideal, celebran el caos. Nos queda la resistencia de la minoría. Tal vez estemos condenados al exilio de lo sublime, pero aún cabe la esperanza de que un día la belleza regrese para reclamar su trono. Hasta entonces, nos queda el desprecio por la vulgaridad reinante y el anhelo de la luz perdida. La verdadera belleza, aunque oculta, sigue latiendo en quienes no han renunciado a la grandeza. Como Prometeo encadenado, aguardamos el regreso del fuego divino que nos recuerde que la verdadera creación no se pliega a la moda, sino que desafía el tiempo.

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